jueves, 14 de octubre de 2010

Sobre el sentido musical de la mística persa - Henry Corbin


Me gustaría sugerir en algunas páginas por qué creo que, de entre todas las místicas de las que nuestra ciencia de las religiones puede tener conocimiento, la mística persa se caracteriza por su continua tendencia a la expresión musical y como su expresión no podía manifestarse mas que dentro de ella.

La fortuna de la música en los países islámicos no ha seguido, a lo largo de los siglos, el mismo curso que en Occidente, sin duda porque algunos la condenaron viendo en ella nada más que un divertimento profano. En contrapartida, lo que nuestros místicos han producido, es algo equivalente a lo que llamamos música sacra; y el motivo es tan profundo que, si no hemos comprendido mal, toda la música no podría ser mas que música sacra, a condición de que sea destinada a su finalidad suprema. ¿Pero ello  no es una nueva paradoja?

Creo que todo iraní tiene mas o menos presente en la memoria el célebre prólogo del Masnaví de Yalâl-ud-Dîn Balkhi Rûmi, aquel a quien llamamos mas corrientemente en Irán, Maulanâ. Este prologo contiene quizá la  justificación de la paradoja a la que acabo de aludir. De ello me ha convencido un reciente descubrimiento durante mis investigaciones sobre un eminente pensador iraní, apenas conocido por el gran público pero que merecerá en su momento, estoy seguro de ello, figurar en nuestras antologías de la historia de la filosofía y de la espiritualidad, Qâzî Sa’îd Qommî, del siglo XVII. En una de sus grandes obras aún en manuscrito, nuestro filósofo recuerda y comenta extensamente ciertos propósitos de aquel que ocupa igualmente un lugar eminente en los corazones iraníes el primer Imâm de los shíies, Maulanâ Ali ibn Abî Tâlib. Según esta tradición, el primer Imâm dijo un día ante sus familiares:

“Debido a que había en mi corazón preocupaciones que le angustiaban y que no pude encontrar a quien confiar, golpeé la tierra con la palma de mi mano y le confié mis secretos, de modo que, cada vez que la Tierra germina una planta, esta planta es uno de mis secretos”

Ciertamente, no se trata de un secreto agronómico. La Tierra de la que habla, no es la Tierra que soporta nuestros pasos y que hoy en día está en vía de ser devastada por las ambiciones de nuestras desmesuradas conquistas. Es la “Tierra de la luz” que no se percibe mas que con los ojos del corazón. Pero depende de nosotros, de cada uno de nosotros, el observar esta Tierra con unos ojos capaces de verla y, al mirarla de este modo, de hacer que esta Tierra de luz nos mire a su vez también.

Depende de nosotros el que, al igual que el Imâm, golpeando esta tierra de luz, veamos emerger ciertas plantas que nos revelen a nosotros mismos nuestros secretos apenas presentidos. Y ocupando un rango preeminente entre estas plantas, el filósofo Sa’îd Qommi, nombra el cañaveral del que es tallada la flauta mística exaltada en el prólogo del Masnaví y que como sabemos, está asociada a todos los servicios religiosos de la Orden de Maulanâ.

De este prólogo todos hemos oído cantar a manos algunos dísticos:

“Escucha la historia que narra la flauta de caña,
es la historia de las separaciones lo que su queja exhala.

Desde que fui cortada del cañaveral, 
mi lamento ha hecho llorar a hombres y mujeres

Aquel que ha sido alejado de su fuente original, 
aspira a retornar al tiempo de su unión.

Mi secreto no se aleja de mi queja, 
pero la luz falla a mi oído y a mi vista.

El cuerpo no ha velado el alma, el alma no ha velado el cuerpo;
sin embargo, no se permite a nadie ver el alma.

Es de fuego de lo que está hecho el sonido de esta flauta,
no es un soplo de viento.
Aquel que no posee este fuego, morirá a sí mismo!


Efectivamente, nadie ha podido nunca ver el alma con los ojos con los cuales percibimos normalmente las cosas en este mundo. Solo puede hacérnoslo presentir la queja de la flauta mística cortada en su origen de la Tierra de la Luz. Lo que germinó de esta tierra y desapareció, la historia del exilio y del retorno, es esta la obsesión de la mística persa y es algo que no puede ser visto ni probado racionalmente, algo que no puede ser dicho ni visto por la visión directa; sino que solo el encantamiento de la música puede hacernos presentir y ver, en la medida en que la audición musical puede hacer de nosotros “clari-videntes”. Y es, dicho muy brevemente, lo que yo querría sugerir al hablar del sentido musical de la mística persa.

Lo indecible que el místico está obligado a decir, es una historia que fractura lo que llamamos la historia y que necesitamos llamar metahistoria, porque el suceso se sitúa en el origen de los orígenes, anterior a todos los acontecimientos registrados y registrables en nuestras crónicas. La epopeya mística, es aquella del exiliado, que llegado a un mundo extranjero, se encuentra en ruta de retorno a su hogar, a su mundo. Lo que intenta decir esta epopeya, son los sueños de una prehistoria, la prehistoria del alma, su preexistencia a este mundo. Sueños que parecen ser para nosotros una orilla prohibida. Es por ello por lo que en una epopeya como el Masnaví, no se puede hablar exactamente de una sucesión de episodios, pues son todos emblemáticos, simbólicos. Toda dialéctica discursiva es excluida. La consciencia global de este pasado y del futuro al cual nos invita mas allá de los limites de la cronología, no puede esperar alcanzar su carácter absoluto mas que musicalmente. Para tener su “libro santo”, (este Masnaví al cual se llama a menudo el “Corán persa”), los místicos, por esencia, se ven obligados a cantar para decir.

De forma similar aparece también la estructura de toda audición musical que frecuentemente, sin preparativo, se improvisa entre amigos, en Irán. El instrumentista comienza por un largo preludio cuya sonoridad se va amplificando. La voz humana interviene entonces como un paroxismo, comenzando ella misma por sonoridades sordas, para culminar a su vez en un paroxismo patético y descender progresivamente hacia el silencio. Y el postludio de este silencio que acompaña el instrumento, parece finalmente perderse como en arpegios de una luz lejana, esta luz que todo místico espera impaciente de la nueva aurora.

Aquello que llamamos samâ, el concierto espiritual, el oratorio, desborda naturalmente, en el caso de Maulanâ y de su orden. Es toda la historia del sufismo iraní presente, ciertos maestros rigoristas, es decir, puritanos, consideraban el concierto espiritual sospechoso, otros por el contrario lo practicaban con la asiduidad de un culto del cual cada uno obtenía una impresión perturbadora. De estos últimos me gustaría citar al menos un gran maestro: Ruzbehan Baghli Shirazi, del siglo XII, compatriota de Hafez de Shiraz a quien precede unos dos siglos y a quien le unen numerosas afinidades.

Sin embargo, al final de su vida, veamos a Ruzbehan abstenerse de la practica de la audición musical; ya no tenía necesidad de la intermediación de los sonidos sensibles; lo inaudible se hacía oír para él como una pura música interior. Es su vida completa lo que ejemplifica de este modo esta estructura de la audición musical que evocaba hace un momento. A uno de sus familiares que le interrogaba sobre los motivos de su abstención, Shaykh Ruzbehan dio esta respuesta: “ahora, es Dios mismo quien me da su concierto (o es Dios mismo el oratorio que yo escucho). Es por ello que me abstengo de escuchar cualquier otra cosa que no sea aquello que él me hacer oír (o cualquier otro concierto que no sea él-mismo).”

Al final de la experiencia de toda una vida, en el momento en que el oído del corazón, aquel del hombre interior, pasa a la indiferencia hacia los sonidos del mundo exterior,  será cuando perciba las sonoridades que no percibirá nunca el hombre disperso fuera de sí mismo, arrancado lejos de sí por las ambiciones de este mundo. Lo que el oído del corazón percibe entonces, es las sonoridades, una música que algunos privilegiados aún perciben, en este mismo mundo, mas allá de la tumba, a tal punto que la barrera opaca pasa a ser transparente para ellos. Un amigo y discípulo de Shaykh Ruzbehan estaba particularmente inconsolable por su partida. Cada mañana, a la aurora, tenían por costumbre desde hace años, salmodiar juntos la recitación alternada del Corán. La tristeza del amigo solitario era tal que tras la muerte de Ruzbehan, había tomado en Shiraz el hábito de ir a sentarse cada aurora, a la cabecera de su tumba y allí comenzaba solo la salmodia del Corán. Pero he aquí que, durante cierta aurora, le llegó la voz de Ruzbehan de lo invisible y de un mundo a otro, o mas bien en el mismo intermundo, los dos amigos retomaron juntos el canto alternado del Corán. Así siguió, de aurora en aurora, hasta que el amigo se lo confió a  uno de sus compañeros “Desde entonces, dijo él, no volví a escuchar la voz de Ruzbehan”

Todo esto, para sugerirnos que, si el místico debe cantar para decir – que, si el sentido de la mística es esencialmente musical, este sentido es incomunicable. A partir del momento en que se tiene la temeridad de comunicarlo, de revelar el instante fugitivo en que parece que “el alma se hace visible al cuerpo”, entonces el secreto se nos escapa.

No quiero decir más. Pero me gustaría acabar diciendo, que esta sacralización de la música por la mística persa nos ayuda a presentir el sentido de una “belleza” que rechaza hoy en día en el mundo, una verdadera enfermedad de negación y destrucción. Me gustaría que percibiéramos el significado y la presencia permanente de un arte que no es una simple moda. La obra de un Maulana, como la obra de un Ruzbehan y de tantos otros que ilustran la historia espiritual de Irán, son cada vez y esencialmente la expresión de una personalidad que no se volverá a ver dos veces entre los hombres. Así pues, a aquel que haya realmente podido comprenderlos, jamás se le acudirá la idea de decir que están “obsoletos”. Paris 1967



Corbin, Henry. Capítulo "Du sens musical de la mystique" en L’Imam caché, Editions de l’Herne 2003, Paris

Discografía sugerida: Rozaneh - voces femeninas 

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