domingo, 19 de junio de 2011

El arte islámico, escritura y vida


Una nueva exhibición del Museo Británico en Londres analiza el arte contemporáneo del mundo islámico.

Amor. Hassan Massoudy (Irak/Francia)Brooke Sewell Fund.


"La palabra en arte: artistas modernos del Medio Oriente" se centra en la manera cómo los artistas están experimentando la escritura árabe a través de diferentes enfoques.

Pero se puede disfrutar de la exposición aprovechándola como una guía útil del arte contemporáneo en el Medio Oriente.

En el Museo Británico hay objetos de diferentes épocas y de todas partes del mundo.

Muchos de éstos son fascinantes y atraen casi 5 millones de visitantes anualmente. Pero el museo carece de piezas contemporáneas y, generalmente, el público no lo asocia con las expresiones artísticas de los tiempos más recientes.

Vitalidad del Medio Oriente

Portarretrato. Shadi Ghadirian (Irán) Colección privada.



Pero desde el 18 de mayo hasta el 2 de septiembre la exhibición llenará las calles de Bloomsbury, en Londres, con la vitalidad del Medio Oriente y del Norte de África.

En la muestra participan 80 artistas que provienen de lugares que van desde Argelia hasta Irak.
El tema único es la forma en que los autores han tomado la escritura árabe y la han adaptado a sus propias necesidades a través de sus lienzos.

Pero a esta idea central no se le permite interferir en la manera en cómo se presenta el trabajo.


Entre la leyenda y la realidad - Arte moderno en el mundo árabe [1]

Por: Widjan Ali [2]
(Artículo publicado en Boletín Alíf Nûn Oct. 2010)

¿Qué es el arte moderno y cuáles son sus referencias? Estas son preguntas cuyas respuestas dependen de la disposición geográfica, el periodo de tiempo y el ambiente cultural del país en cuestión; de ahí que, para comprender el modernismo en el arte árabe, debamos remontarnos a unos cuantos siglos atrás.

El mundo árabe incluye Argelia, Bahrein, Egipto, Irak, Jordania, Kuwait, Líbano, Libia, Marruecos, Omán, Palestina, Qatar, Arabia Saudita, Sudán, Siria, Túnez, Emiratos Árabes Unidos y Yemen, y se extiende por Oriente Medio (o el Mediterráneo oriental), la Península Arábiga y el norte de África. Desde mediados del siglo XVI, todas estas regiones formaron parte del Imperio Otomano, con la excepción de Marruecos, el único territorio árabe que no estuvo sometido a la autoridad otomana. Así pues, la influencia turca no se ha hecho sentir en la cultura y el arte marroquíes, los cuales representan una tradición ininterrumpida que se remonta a la España islámica.

Los primeros países árabes de Oriente Medio que adoptaron el arte occidental fueron Líbano y Egipto. Las primeras olas de occidentalización penetraron en Líbano de la mano de los misioneros europeos, quienes abrieron conventos y escuelas misioneras en las montañas e introdujeron la prensa escrita. Fueron los misioneros de Líbano quienes, durante el siglo XVIII, crearon las bases para una vida cultural, social y política centrada en el Cristianismo, lo que dio lugar a un despertar intelectual y artístico. A través de la Iglesia, el estilo gótico se hizo popular en Líbano durante el siglo XVIII, y con el tiempo vio nacer un estilo local de pintura religiosa gótica.

En Egipto, la invasión de los ejércitos de Napoleón en 1798 sometió repentinamente a la nación al control europeo, convirtiendo al país en el primer territorio árabe en verse expuesto a gran escala a la influencia del arte occidental durante el siglo XVIII. Era la primera vez desde la Cruzadas que una potencia occidental no sólo invadía un país árabe con sus fuerzas militares, sino también con sus intelectuales, artistas, historiadores y escritores.

Cuando Napoleón fundó la Academia de Estudios Orientales, dio comienzo la ola de orientalismo occidental y nació el interés de Europa por los logros científicos y literarios de los árabes, junto al interés por sus aspectos militares, sociológicos, políticos y económicos.

Por otro lado, la población de Oriente Medio tomó conciencia a gran escala de la civilización occidental.

La pintura de caballete es un fenómeno bastante reciente en el arte árabe. [3] A medida que el genio estético y creativo del arte islámico tradicional se iba debilitando a lo largo del siglo XIX, la cultura árabe cedió cada vez más ante las formas y estilos del arte occidental, el cual se había extendido por el mundo árabe gracias a la superioridad y el dominio de Occidente en el terreno político, económico, científico y militar. El orientalismo occidental alcanzó su apogeo en Europa a mediados del siglo XIX, y varios artistas extranjeros, entre ellos David Roberts [4] y Eugène Fromentin, visitaron Egipto y reflejaron sus costumbres nativas, lugares históricos y paisajes, empleando un estilo artístico tremendamente recargado y romántico. Otros, como Jean-Léon Gérôme, quien residía en El Cairo durante varios meses al año, introdujo en el país la pintura de caballete.


sábado, 11 de junio de 2011

Vila-Matas Pictórico (una conversación en las afueras de la mansión literaria)

Retrato de Enrique Vila-Matas realizado por Pablo Gallo


VILA-MATAS PICTÓRICO
(Una conversación en las afueras de la mansión literaria) 
por Álex Nortub 

20 de octubre de 2010. En un café de la Diagonal (Barcelona)
Tras atendernos con una amabilidad desmedida y servirnos lo que acabamos de pedir, el camarero nos interrumpe cada dos por tres con absurdas preguntas sobre el estado de nuestras consumiciones. Por un instante temo que pretenda sabotear la entrevista. Supongo que es una de esas situaciones extrañas que suceden cuando uno se encuentra cerca de Enrique Vila-Matas. Poco después deja de atosigarnos y, aunque permanece tras la barra sin quitarnos ojo, comenzamos a charlar susurrando y mirando hacia los lados, como si fuésemos un par de espías intercambiando secretos.

Hace tiempo que me llama la atención que nunca te pregunten por las muchas referencias a pintores en tu obra, pintores como Francis Picabia, Georgia O´Keefe, Paul Klee, Edward Hopper, Giorgio Morandi o, más recientemente, Vilhelm Hammershøi en tu novela Dublinesca. Me pregunto de dónde viene ese interés tuyo por la pintura. ¿Tiene algo que ver que tu hermana Tere se haya dedicado a ello, concretamente a la pintura oriental según cuentas en Dietario voluble?

            Mi hermana Tere, gran pintora, lleva más de cuarenta años sumergida en las técnicas y filosofías de la pintura tradicional de China, y lleva ahí sumida en ese extraño y atractivo mundo –en este país pocos habrán que dominen la técnica de la pintura oriental como ella- sin haber hecho ruido, con una pulsión poética infinita, de obra admirable, secreta para tanta gente, aunque no para mí y para algunos, que hemos ido siguiendo su evolución estética a través de los años… Y sí, es curioso. He hecho casi doscientas entrevistas acerca de Dublinesca (en Francia, en Venezuela, Colombia, Perú, Argentina, México, España…) y nadie me ha preguntado por Hammershøi, por ejemplo, cuando trabajé como un loco toda la novela teniendo a la vista su cuadro sobre el British Museum. Lo veía tanto cada día y a todas horas mientras escribía mi novela que cuando fui a Londres y por casualidad llegué a Montague Street supe desde el primer momento que, aunque cambiada, aquella era la calle del cuadro de Hammershøi, que estaba dentro del cuadro y de mi propia novela. De no haber estado dentro del cuadro, es decir, de no haber pisado Montague Street, no habría podido detectar esa presencia de fantasmas en toda la calle. Y sí, es raro que nadie –de entre tantas entrevistas- me haya preguntado nunca por Hammershøi cuando uno de sus cuadros juega un papel determinante en mi libro. Para mí es la prueba de que me entrevistan sin haber leído bien la novela. Eso trae luego como consecuencia  que la gente clasifique o juzgue mis libros sin haberlos leído.

Pintura de Tere Vila Matas

Da la casualidad que los pintores mencionados en tus últimos libros son más bien realistas, como Hopper, Morandi o Hammershøi, pero al mismo tiempo transmiten cierta sensación de irrealidad, cierta atmósfera metafísica e inquietante. Podría decirse incluso que, con ciertas diferencias, sonpintores de lo que pasa cuando parece que no pasa nada. No sé si sientes el mundo de esos pintores cercano al de tus libros. Quizá te hayan influido de alguna manera.

Son pintores –Hopper y Hammershøi sobre todo- obviamente literarios. De Hopper recomiendo encarecidamente el libro que sobre él escribió el poeta Mark Strand (en castellano se encuentra en Lumen). Con Hammershøi di vueltas durante una temporada con Dominique González Foerster alrededor de su lienzo Las cuatro habitaciones. Pensamos en una instalación de Dominique que tuviera esa estructura de espacios caseros vacíos. De hecho, Dublinesca, si lo pensamos bien, tiene tres habitaciones, tres únicos capítulos (mayo, junio, julio), quedando la cuarta habitación abierta al misterio.
Siempre he pensado que Dublinesca dispondría de un mecanismo infalible de relojería si no fuera porque el autor parece haber dejado sueltos algunos cabos, y no precisamente los menos inquietantes. Hay quien cree que Riba en las últimas páginas está muerto. Si es así, podemos perdonarle.

Las cuatro habitaciones, pintura de Vilhelm Hammershoi

lunes, 6 de junio de 2011

Sobre los ángeles y espíritus afines (2) Especulaciones personales

El sacrificio ritual y su simbología en la escatología zoroastriana
1ª Parte

Introducción



Una de las primeras dificultades a la hora de estudiar cualquier hecho del pasado es sin lugar a dudas encontrar unas fuentes escriptuarias o arqueológicas que nos brinden información razonablemente fidedigna y completa. El problema se acrecienta cuando hablamos de culturas ágrafas que han basado la transmisión de su conocimiento en la tradición oral.

Ante lo cual cabría también plantearse la pregunta de si el pasado es una construcción subjetiva, resultado de la visión y el lenguaje del ser humano, hijo de su tiempo y por lo ello imposible de ser conocida con certeza.

A ello hay que añadir que desde los inicios del siglo XIX y principios del XX los estudios realizados en Europa se basaron en gran parte en la filología, pero también en una visión de la historia cuyo paradigma era su propia cultura, por lo que el fuerte trasfondo y lenguaje cristiano marcaron su lectura e interpretación de las llamadas tradiciones “orientales”.

A pesar de ello, intentaremos desarrollar en estas páginas, en la medida que nuestros conocimientos y fuentes nos lo permitan, un trabajo de reflexión sobre el sacrificio y su repercusión en la escatología zoroastriana o mejor dicho del Mazdaiiasna[1].

Sobre los ángeles y espíritus afines (1)


ANGELES Y ESPÍRITUS MEDIADORES
Nº 71-72 Año 2004
Connaissance des Religions 
Traducción de Hawwa Morales



EDITORIAL

Durante el último decenio del siglo XX, el paisaje cultural francófono ha sufrido una avalancha de publicaciones consagradas a los ángeles. Ello es, en gran parte, el efecto de una oleada editorial venida de ultramar, traída por la corriente de la “New Age”, movimiento sincrético y neo-espiritualista que supuestamente responde a las aspiraciones de una humanidad en marcha hacia la famosa “era de Acuario”, tierra prometida de una nueva era dorada.

Entre narraciones de apariciones celestes en el umbral de la muerte, rituales de invocación de los nombres hebraicos de los ángeles, manuales neo-cabalísticos pretendiendo conducir a un mejor conocimiento de uno mismo y del futuro, y confesiones del tipo “mi ángel guardián existe, le he encontrado”, el lector ya no sabía por donde empezar. Se ha llegado a proponer incluso, ciclos de conferencias: “como ponerse al nivel de su ángel… “ o respetados seminarios que permitirán al cuadro ejecutivo en estado de stress dialogar con su ángel, y seguir sus juiciosos consejos, a fin de “estar en forma optima”, para mayor felicidad de la empresa, naturalmente. Como siempre que eclosiona un neo-espiritualismo, todo se viste de colores angélicos: la búsqueda de poderes mágicos y ocultos, la astrología vía los ángeles planetarios, el simbolismo de los colores, las medicinas blandas, etc. El éxito de esta moda fue tal que los ángeles han servido durante muchos años de material para la literatura, el cine, la publicidad, la alta costura o la industria del perfume, invadiendo los anuncios publicitarios y las páginas de las revistas. ¿Que queda de todo ello? No gran cosa, gracias a Dios, bien es cierto que lo que es sincrético y fabricado no puede durar y que todo bricolage intelectual contiene en sí mismo su propio fin.

Esta “angeolofilia” de finales del siglo XX solo resulta ser un fenómeno sociocultural singular, que remite a las nostalgias y las esperanzas del hombre contemporáneo, perdido entre un universo que está a punto de abandonar y otro que aún no ha llegado: nostalgia de un universo espiritual poblado de criaturas luminosas, puras y benefactoras, nostalgia de un mundo “encantado”, sembrado por lo Absoluto; espera de figuras mediadoras capaces de elevar el alma, de venir en su ayuda, de liberarla de las tinieblas de este mundo, de guiarla por el camino del conocimiento y en caso necesario, de interceder en su favor. Los ángeles muy a menudo han tomado el lugar de un Dios considerado muerto o desaparecido, un Dios cuya imagen se ha enturbiado y del cual ya no se sabe bien lo que es ni lo que hace.

Así es, esta vuelta del ángel no ha remitido a ningún Dios, a ninguna tradición revelada, se ha presentado con mayor frecuencia desconectada del fondo bíblico y coránico, o si no, a través de imitaciones de la Cábala judía y las ciencias ocultas. En relación a la primacía dada a la experiencia del rencuentro con el ángel, esta aproximación se vio confirmada por la eclosión de una iconografía privilegiando la imagen greco-latina del efebo desnudo o el niño alado. El vacío doctrinal y el bricolage sincrético característicos de la “New Age” han hecho aparecer al ángel como una forma pura, un envoltorio susceptible de ser rellenado de aspiraciones a “otra” vida y a un conocimiento espiritual. Ya no es la Revelación la que le da su sentido, sino el individuo que la construye a su medida. De ello resulta una temible ambigüedad: sobre la forma angélica pueden proyectarse tantos fantasmas y voluntades de poder como aspiraciones auténticas. Los ángeles han sido, a veces, asimilados a extraterrestres o a los “superiores desconocidos”…

La necesidad, bien comprensible, de un mundo poblado de seres luminosos, atentos al hombre, es como el reverso positivo de la negrura de las almas, de la melancolía ambiental, de un mundo contemporáneo del cual se teme confusamente el desastroso final. Pero la aspiración a la vida celeste, a la protección espiritual, al conocimiento verdadero, no es suficiente, evidentemente, para restaurar una perspectiva tradicional, y mucho menos una angeología.

Ha llegado pues, el momento de retomar el examen de la figura angélica, restituyéndola a la estructura religiosa de la que depende, revelando sus riquezas espirituales y sus apuestas intelectuales. ¿No es urgente cambiar la visión del mundo, de dar a la Realidad toda su densidad, su complejidad y su misterio, renovando los lazos rotos entre el hombre y lo divino? Filósofo, orientalista, especialista de las teosofías del Islam iraní, Henry Corbin (1903-1978), a quien está dedicado este volumen con ocasión del centenario de su nacimiento, ha mostrado la vía de manera magistral. No dejó de proclamarlo con fuerza: no puede haber un verdadero monoteísmo sin angeología, sin proclamación de la transcendencia divina por los mensajeros celestes, sin manifestación de Dios en múltiples teofanías angélicas. A la inversa, sobre el plan antropológico, no puede haber un verdadero conocimiento espiritual sin ascenso del alma y rencuentro con su ángel.

Es necesario así mismo subrayar un punto esencial: la angeología concierne a las tres grandes religiones monoteístas; es el terreno privilegiado de un trabajo intelectual al servicio de un verdadero ecumenismo espiritual. Efectivamente, para el judaísmo, el cristianismo y el islam, los ángeles forman la primera creación, zócalo inteligible del mundo psíquico y sensible; este mundo angélico provee la imagen de un universo ordenado y jerarquizado, compuesto de múltiples grados de realidad, a los cuales corresponden los estados de conocimiento. Pues cada ángel es un espejo de la Divinidad, definido por aquello que recibe de luz divina y por lo que de ella transmite. Este mundo lleno de inteligencias está íntimamente unido al cosmos y por consecuencia, a la humanidad que le es confiada. Forma eminente de manifestación de Dios en el judaísmo y el islam, el ángel está subordinado al Verbo encarnado en el cristianismo. Anunciador de misterios de la Revelación, vincula la palabra del Cristo y se pone a su servicio. Prototipo de vida espiritual, canal de alabanza y glorificación, el ser celeste que se nutre de Dios, es el modelo que los hombres prendados por la vida contemplativa deben imitar. Iniciador, guía, intérprete de visiones espirituales, es el guardián y servidor del alma, que sostiene en su combate cotidiano contra el Adversario y que sabe anularse, una vez cumplida su misión, ante la Presencia divina.

Sin embargo, las tradiciones monoteístas no tienen el patrimonio de los seres mediadores. Desde un punto de vista histórico, si el ángel es una figura semítica en su origen y su desarrollo, no hay duda de que ha sufrido la influencia de tradiciones indo-europeas, persa y helenística principalmente. Sobre el plano metafísico, se puede ir mas lejos: si el Absoluto se manifiesta en múltiples figuras mediadoras, estas se encuentran necesariamente presentes en todas partes, bajo formas y nombres diversos, sea cual sea la galaxia espiritual en la cual se sitúa y que define su naturaleza, su personalidad y funciones. Es pues legítimo abordar las tradiciones orientales e integrar en este volumen el estudio de las divinidades del budismo, en una perspectiva comparatista completamente estimulante.

Contra los estrechos fundamentalismos y el neo-espiritualismo que nos rodean, es importante hacer un trabajo útil abrevando de las fuentes de las grandes tradiciones y extrayendo las vías de un verdadero ecumenismo espiritual, mostrando la importancia de los seres mediadores y su fecundidad simbólica, restaurante el lazo indisoluble entre tradición y revelación, entre grados de conocimiento, niveles de realidad y teofanías.

La Dirección


LA FE DE HENRY CORBIN
“TIERRA - ANGEL – MUJER”
Jean MONCELON

La Fe de Henry Corbin es la fe de un gnóstico, para quien la gnosis es “un conocimiento salvífico por sí mismo”. Esta Fe es “Tierra - Ángel – Mujer”, como escribirá el 24 de abril de 1932, al borde de un lago de Dalécarlie : “Todo esto es una sola cosa que yo adoro y que está en el bosque. El crepúsculo sobre el lago, mi Anunciación. La montaña: una línea. ¡escucha! Va a ocurrir algo, si. La espera es inmensa”.

La Tierra de la que habla, la Tierra de la Fe de Henry Corbin, es la Tierra celeste, el “mundo intermedio” entre el Cielo y el mundo terrestre.

Es el Mundo del Ángel.

El Ángel

El día en que murió Henry Corbin, Mircea Eliade escribía en su Diario, en fecha 7 de octubre de 1978: “Henry no ha sufrido. Murió con serenidad, tan confiado estaba de que su ángel guardián le esperaba”.

En efecto, es conveniente entender la naturaleza de este “ángel guardián”, que es, para Henry Corbin, “el ángel del alma encarnada”, y precisamente en esta circunstancia de su muerte, “la Figura celeste que se presenta cara a cara ante el alma en la aurora de su eternidad”. Por otra parte, hablará también de los Fravartis, como los “ángeles guardianes”. Añade que no obstante, todo ello es “a condición de concebir al ángel guardián como el polo celeste, el Yo celeste de un ser cuya totalidad es bipolar, constituida una bi-unidad, a saber, la de una forma terrestre y una forma celeste que es su contrapartida superior” .

Conocemos las admirables páginas que consagró a la figura de Daênâ, “el Ángel tutelar” y a su encuentro post-mortem con el alma humana: Ante la interrogante del alma maravillada, preguntando “¿Quién eres pues?” a la joven que avanzaba a la entrada del Puente Chinvat y cuya belleza resplandecía mas que cualquier otra belleza jamás vista en el mundo terrestre, ella responde : “Yo soy tu propio Daênâ”, - lo que quiere decir : soy en persona la fe que has profesado y la que te la inspira, aquella por la que has respondido y aquella que te guiaba, aquella que te reconfortaba y aquella que ahora te juzga, pues soy en persona la Imagen propuesta a ti mismo desde el nacimiento de tu ser y la Imagen querida finalmente por ti mismo (“yo era bella, tú me has hecho aún más bella”).

Estas líneas describen de alguna manera por anticipación, la ultima visión de Henry Corbin, en el momento en que dejó la manifestación terrestre.

Daênâ es pues, el Ángel de la Fe de Henry Corbin, y en tanto que ella es también “la Idea celeste” de todo ser humano, aparece como el secreto de Henry Corbin, como él mismo dirá a propósito de Ibn ‘Arabî: “Lo que un ser humano alcanza en la experiencia mística, es el “polo celeste” de su ser, es decir, su persona tal como es en ella y por ella, el Ser Divino desde el origen de los orígenes, el mundo del Misterio se manifiesta así mismo y se hizo conocer por ella bajo esta Forma que es asimismo la forma bajo la cual el mismo se conocía en ella. Es la Idea o mas bien el “Ángel” de su persona cuyo yo presente no es mas que el polo terrestre”.