jueves, 14 de julio de 2011

Muhammad Racim, creador de la miniatura argelina [1] - Autor: Gonzalo Monterroso [2]

[Artículo publicado en Boletín Alíf Nûn ]

En su atelier suburbano de El-Bihar, lejos de las calles ruidosas de Argel, el artista busca tranquilidad y placidez para recrear la epopeya de los grandes corsarios, el pasado glorioso de Argel, la vida doméstica que se esconde en las calles de la ciudad vieja. En su lírico laboratorio, sobrio y modesto, rodeado de crayons, pinceles, potes de colores, tintas y lupas que necesita para dar forma a sus preciosas miniaturas, Muhammad Racim se muestra un poeta que sabe alimentar de imágenes los caprichos de su espíritu. Cuando el crítico de L´Afrique de Nord ilustrée, Robert Randau, lo visitó en su atelier, conoció también un gato enorme y curioso que observaba con atención las gestos de su dueño. Otros gatos también se movieron a su alrededor –cuenta– testimoniando la curiosidad que despierta el recién llegado a una morada tranquila. Randau habla de galeras de velas hinchadas por el viento, cargadas de berberiscos y de bombardas, navegando en azules brillantes, con sus banderas rojas y verdes tachonadas de medias lunas ondeando a los vientos del Mediterráneo, mar agitado de costas siempre próximas, donde abigarradas ciudades encaramadas en colinas
distantes defienden sus puertas con murallas y fortalezas.

Una familia de artistas ¿Quién es este artista nacido en Argel, viajero documentado y paciente, amante de su tierra y de su identidad, que un poco a despecho de las modas y los mandatos de la época supo rastrear los estilos y modelos olvidados del Islam lejano y congregarlos según el dictado de su emoción estética? Pionero de la pintura moderna en Argelia, Racim supo conciliar la tradición con la modernidad, dando a su país en plena mutación, la forma de una nueva estética que trazó el camino a toda una generación de artistas que hoy figuran entre los más talentosos creadores argelinos.

Muhammad Racim (1896-1975) nació en el seno de una familia de artesanos de posición social relativamente
elevada, “digna del más grande respeto”, según consta en una biografía consagrada a su padre, Alí Racim. Éste logró abrir un atelier en la Rue de Staouéli, en la casbah de Argel, donde supo ganarse a una cierta clientela privada, franceses arabizados y argelinos afrancesados, grupo restringido que determinó su ascenso y su prestigio. Argel era entonces una próspera ciudad de artesanos. Alí, junto con un tío de Racim, Muhammad ben Saïd, permaneció allí durante más de sesenta años y, gracias a sus buenas relaciones, consiguió también importantes encargos oficiales (decoraciones de pabellones argelinos en exposiciones universales, decoración de edificios públicos, etc), y entre 1880 y 1900 creció su renombre, volviéndose el atelier un espacio de encuentro de apasionados de la cultura musulmana. En 1903, Muhammad ingresó en la escuela primaria, una “escuela para nativos”, como se llamaba a los centros de educación creados no para producir gente cultivada, aptas para ocupar posiciones elevadas, sino orientadas a las habilidades manuales (tapices, bordados, muebles tallados, etc). Allí adquirió las primeras nociones de dibujo y en el atelier de su padre pronto demostró sus buenas aptitudes y su gusto por esta actividad.



El arte nativo, una creación colonial 

La colonia de Argelia, que desde 1830 estaba administrada directamente desde París, cambia en 1900 su estatus para adquirir la autonomía financiera. Esta autonomía resultaba de la presión ejercida por los colonos franceses, que no veían con agrado que sus ambiciones fuesen contrariadas por la administración de París. Ellos –decían– habían trabajado la tierra y le habían dado un nuevo rostro a la fisonomía de la colonia, por lo que debían aprovecharla con exclusividad, prescindiendo de los nativos. Advirtiendo que los poderes exorbitantes para los colonos y la marginación de los nativos podría desembocar en enfrentamientos intercomunitarios, ciertos hombres políticos de la metrópoli preconizaban una variante: persuadidos de que era ilusorio asimilar a los argelinos, buscaron formar una élite que se situara entre los dominadores y los dominados, instruyéndolos en el seno de su propia cultura. Esta técnica formaba parte de la política colonialista europea, utilizada en forma parecida por los británicos en la India. Jonnart, gobernador general de Argelia, será quien dará impulso a esta política, cuyos efectos se harán sentir en muchos campos. Amante del arte y sensible al contacto con los artistas, Jonnart crea en 1908 un “Servicio de artes nativas”, verdadero laboratorio que, unido al Rectorado de la Academia de Argel, estaba llamado a modelar el nuevo arte nativo.
No exento de fuertes críticas por parte de los colonos, que lo trataban de “turco” y de “árabe”, y de ciertas órdenes religiosas, que veían en esta creación la inconveniente difusión del inventario artístico argelino y un peligroso apoyo a nuevos modelos estéticos, este servicio se puso en marcha bajo la supervisión de un misionero hasta entonces especialista en la enseñanza a los nativos, Prosper Ricard.

El artista en búsqueda de su espacio

Corría el año 1910 cuando Racim obtiene su certificado de estudios primarios, seduciendo con sus dibujos a los jurados de escuela. Se aprestaba a ingresar al Liceo cuando, inspeccionando las escuelas nativas en busca de alumnos talentosos, Ricard da con los dibujos de Muhammad Racim. Tienen el aspecto decorativo que corresponde a la concepción que él se hacía del arte nativo y no duda en incorporarlos a la colección de cuadernos escolares que fueron enviados a la Exposición de Bruselas. La propuesta de una beca no se hace esperar. El padre de Racim verá en ella un medio legítimo de dar a su hijo una carrera honorable. La oferta colonial brinda a la burguesía argelina las estructuras de integración a un esquema oficial que reconoce en una institución legal los valores del arte nativo.

“Tú tienes dotes para el arte”, le había predicho Ricard. Tentado por la modesta retribución del atelier, Racim ensaya sus primeras armas en la pintura, renovando una vocación nacida en aquellos dibujos hechos sobre el banco de la escuela primaria, cuando pintaba todo aquello que veía, imaginando barcos y corsarios como hacen los niños. Ahora se le ofrecía la oportunidad de perfeccionarse. Sin embargo, puesto a copiar modelos de tapices que otros habían creado, Racim pronto se aburre en el atelier. La pintura definía entonces todo lo que podía esperarse del término “artista”.

Persuadido de que él no está hecho para la pintura, busca otros incentivos, beneficiándose de los consejos de
Prosper Ricard y de su hermano mayor, Omar, que por su formación en el arte del recitado del Corán en la mezquita (muqri), era sensible a los coranes ilustrados. Sus primeros trabajos lo ponen en contacto con la iluminación –dar color a las letras y dibujos de un libro–, a la manera de los árabes del siglo XIX. En 1912 Racim viaja a Siria y Egipto y toma contacto con las obras de los ilustradores árabes.

Buscando su espacio entre el pintor que no era y la iluminación de textos, que no gozaba del rótulo de “arte”, Racim conoce en 1914 a un pintor orientalista, Etienne Dinet (1861-1929), que buscaba en el atelier formas de ilustración para su libro La vida de Mahoma, profeta de Allah.

Dinet, que se había convertido al Islam un año antes, tenía una especial predilección por Argelia. Durante cuarenta y cinco años se había dedicado a ella y muchas de sus pinturas buscaron activamente promover un profundo entendimiento de las tradiciones argelinas y, por supuesto, una valoración del misticismo del Islam. [3] Después de haber visto los dibujos de Racim, el discurso de Dinet se acompañará con hechos concretos. Le propone tomar a su cargo el mejoramiento de su formación artística, y presentarle al editor de arte parisiense que debía publicar su libro sobre el profeta Mahoma.

La miniatura, un arte precioso

“Este es el punto de partida de mi carrera artística”, reconoció Racim. Estudiaba composición, pero prefería entretenerse más en el ornamento que animarse a componer escenas de personajes. “Yo tuve en ese momento la suerte de obtener la simpatía de Dinet”, diría Racim tiempo más tarde en la revista L´Afrique de Nord ilustrée. Pero aquel año de 1914 le traería otras precisiones. Ricard había sido trasladado a Marruecos y Racim se queda solo en el atelier. Un día que ponía la biblioteca en orden, descubre una obra de M. Henri d´Allmagne: “Tres meses a través de Jorasán” [4] . Hojeando sus páginas, Racim queda cautivado por las magníficas reproducciones de miniaturas persas. Las estudia con atención y observa los mínimos detalles. Los entendidos a los cuales él les mostraba sus obras le reprochaban justamente su amor al detalle, que Racim parecía llevar hasta la manía.

Se preguntaba si eso que constituía un defecto para la pintura no era la esencia del arte de l´enlumineure. Superando la visión esquemática y conservadora del arte islámico que le transmitían sus amigos y que también formaba parte del gusto de Ricard, Racim sospecha que otras fuentes de inspiración pueden enriquecer su trabajo. El encuentro con Dinet lo había desbloqueado del impasse en el que se encontraba. El editor de arte Henri Piazza acepta encomendarle la ornamentación del libro de Dinet y lo llama a París, donde Racim – que no había cumplido los veinte años– se introduce en el mundo de los coleccionistas y especialistas del arte musulmán. Ellos tenían en común el amor por las miniaturas persas, que algunos exegetas proscribían. El mismo Piazza se interesaba por los cuentos orientales y exigía a los artistas ilustrar los cuentos que él editaba inspirándose en el arte de la miniatura [5] .

He aquí, pues, a nuestro artista consentido en su talento, viéndoselas con amateurs que lamentaban la desaparición de los grandes miniaturistas musulmanes persas que en los siglos XV y XVI habían engalanado los libros con sus poemas caligráficos, con ricos y coloridos plumajes, con flores bellísimas y delicadas. Los sabios le abren las puertas de sus magníficas bibliotecas, y como Racim tenía el gusto por la ornamentación, ve manifestarse en las colecciones que tiene ahora a su alcance el renacer de un arte que él entiende comprometido con aquellas primeras pasiones y dudas que tanto ocuparon sus días de Argel: la pintura y la iluminación de textos. Las bibliotecas vienen en su ayuda: “Yo deseaba fijar por la imagen el recuerdo de las costumbres argelinas, al punto de eclipsar las escenas de la vida árabe en vías de transformación.” En la distancia, Racim puede ver en el renacimiento de la miniatura la idea que había determinado su entrada en la carrera artística, la renovación del arte islámico argelino.

Argel, motivo de inspiración

En 1919 Racim conoce al historiador Georges Marçais, que en su cátedra de la Universidad de Argel venía sosteniendo, contra quienes afirmaban que no había un arte musulmán más que en Oriente, que muy bien se podía hablar de un arte específico del Occidente musulmán (Magreb). A través de él, Racim obtiene una beca destinada a hacer apreciar este arte a los jóvenes artistas. Viaja por las capitales de la España musulmana y luego se traslada a Londres, donde un especialista del Irán musulmán lo pone en contacto con las miniaturas de manuscritos conservadas por la London School of Oriental Studies.

Racim visita Venecia y después regresa a Argel, donde se pliega a la actividad del Comité del viejo Argel, asociación que convocaba a personas de diversos horizontes, entre ellas al profesor Marçais, con el fin de salvaguardar la ciudad antigua, la Argel precolonial, la casbah. Es a partir de 1919, y alrededor de Marçais y del Comité del viejo Argel, que Racim pondrá su inspiración, tanto en los temas como en la concepción de sus miniaturas que atendían a los principios sobre los que Marçais y el círculo de sus amigos concebían este arte, un tapiz inspirado en los decoradores persas del siglo XV, a la vez decorativo y simétrico, de tonos cromáticos yuxtapuestos como los vidrios de un vitral, conciliando en su diseño la estética tradicional de la miniatura y las adquisiciones que cinco siglos de arte occidental habían vuelto necesarias.

Los primeros salones

Racim produce sus primeras miniaturas tomando los temas de la España islámica y del viejo Argel, pero de maneras diferentes, explorando formas más “europeas” (como lo hubiese hecho un pintor con su técnica), o bien conciliando la  manera persa y la europea, es decir, según a concepción de Marçais; estilos que se cuida muy bien de no exponerlos en conjunto, presentándolos al público y a la crítica con una prudencia intencionada. En 1922 expone elegantemente una obra inspirada en un tema islámico tradicional, “La batalla de Badr” [6] , y otra en un tema argelino histórico, “Husain Pasha, bey de Argel”.

El artista explora estos motivos árabes, argelinos, andalusíes, que los viajes, las bibliotecas y su tierra le han mostrado y busca en las técnicas que conoce el cauce para su inspiración. Para ello demuestra una intención de liberarse de una cierta rigidez formal imperante en la tradición islámica norteafricana, pero saber ser moderno sin dejar de ser tradicionalista, sin romper con el pasado milenario de su raza. En 1924, su obra “Esplendores del Califato de Granada” le vale la primera medalla con la que la crítica recompensa al mejor orientalista del año. “Preciosa poesía visual”, dijeron los críticos más entusiastas. Los más moderados resaltaron el mérito de haber renovado una tradición largamente interrumpida en el África del norte, cual es la de los iluminadores y miniaturistas musulmanes persas.

El ascenso del artista

Racim acepta un contrato propuesto por el editor Henri Piazza para la ilustración de los doce volúmenes de “Las mil y una noches” y pide licencia del atelier, donde había trabajado desde 1910 hasta 1924. ¿Por qué aceptaba esta partida, que lo retendrá en París hasta 1932? No obstante el reconocimiento a su obra, su éxito en Argel era limitado y ambiguo. No dejaba de ser catalogado como demasiado involucrado en lo nativo y muchos elogios que recibía eran más de orden político que estético. Su clientela no adquiría sus obras como las de un pintor original sino como testimonio del Argel precolonial. Por otra parte, Racim era, no lo olvidemos, un muchacho ávido de buscar contactos con artistas y migrantes, tan amante de sus raíces como del movimiento del mundo exterior, donde creía ver siempre un tesoro de imágenes y motivos para satisfacer su vocación irreductible. Ahora le proponían una carrera duradera, quizás más parisiense, a este joven cadete con aires de hidalgo andaluz, gran bailarín de tango, que tocaba el clarín y corría en bicicleta.

Por esa época Racim recibe de un prestigioso médico antiguamente instalado en Argel, el encargo de hacer una miniatura, “Intimidad musulmana”, acerca de temas argelinos en el estilo “tradicional-moderno” que había conocido el éxito en 1924. El doctor Labrosse encuentra la obra más bella de lo que había imaginado y le escribe así: “Hemos recibido vuestra obra y no cesamos de admirarla tanto en el conjunto como en el detalle. Usted tiene un gran talento, señor. Usted es doblemente un artista, un poeta y un creador, y nosotros estamos orgullosos de tener una obra suya. El motivo de ‘Intimidad musulmana’ es de una concepción deliciosa y el cuadro en el que se encuentra es de una luminosidad y de una armonía que lo vuelven aún más encantador. Gracias por haber respondido a nuestro deseo.”

El éxito de la obra, que fue presentada por Labrosse para ser expuesta en Viena, anima a Racim a profundizar en una nueva concepción estética: la miniatura magrebí. En 1930 su obra adquiere una nueva dimensión cuando el Museo Nacional de Bellas Artes de Argel consagra su obra adquiriendo dos de sus miniaturas.

Entre Argel y París

Entre 1917 y 1918 le habían confiado a Racim la decoración de otros libros que nunca se editaron. También realizó la ilustración y decoración del “Omar Khayyam” de R.G. Brown, en lengua inglesa, y del “Khadra” de Dinet. En París, el editor Piazza se ha retirado de la actividad y el sucesor no le renueva el contrato. “Gracias a los recursos que me proporcionó este trabajo, pude viajar cada año al exterior, donde yo visitaba asiduamente los museos.” Buscar y documentarse, he ahí una constante en la vida artística de Muhammad Racim. En 1932, Racim regresa definitivamente a Argel, donde encontrará una nueva clientela compuesta de europeos y argelinos, pequeños industriales y comerciantes. En 1933obtiene el Gran Premio Artístico de Argelia y un año después es nombrado profesor en la Escuela de Bellas Artes de Argel. En sucesivas exposiciones, evoluciona entre sus obra de estilo mabrebí, miniaturas de un gusto sobre todo moderno y otras más modernas, más contrastadas.


Racim se siente encuadrado por la crítica como “miniaturista”, esto es, representante de un género menor, aunque este tipo de producciones le confiera, a los ojos de ciertos críticos, la cualidad de artista. Menos sensible que en los años que precedieron a su partida a París a las reacciones de su público y a la imagen de artista que él pueda ofrecerles, parece sentirse más libre para explorar otras propuestas estéticas. “El arte que Muhammad Racim se reclama escapa a las condiciones del tiempo; él viene de lejos, de China quizá, de Persia y de la India; él no ha cesado de renovarse, siempre parecido a él mismo, ni de satisfacer sin desfallecimientos sus necesidades espirituales” (Lucienne Crespin-Barrucand).

La posición cada vez más elevada que Racim adquiere en el medio artístico local determinan las buenas condiciones de venta de sus obras y algunos encargos de personajes oficiales de la administración colonial. En 1930 se cumple un siglo de dominio colonial. La evolución acelerada de la situación política en Argelia y la voluntad de los argelinos de lograr la autonomía, la aparición de términos como watan (patria) y ummah (comunidad) obligarán a tomar partido. El arte no permanece ajeno a esta situación. Buscando evitar la interpretación cada vez más política de su obra y la actitud de la crítica de su país al respecto, Racim siente la necesidad de buscar un medio más “aséptico” y sereno para exponer su arte y dar cabida a su inspiración. En el concierto de discursos panegíricos que se levantarán a su muerte, ocurrida en 1975, unas pocas voces discordantes verán en los motivos y temas de la obra de Racim un testimonio alejado de las penurias sufridas por la Argelia colonial. Una atmósfera de dulzura reina en sus ambientes que no traducen la revolución de un pueblo levantado en armas ni tampoco sus sufrimientos. Sin embargo, el aporte revolucionario de Racim debe valorarse a la luz de la recreación de las fuentes ancestrales del Islam. Él rescata para su pueblo un gran tesoro, el de su cultura pictórica y las más puras y queridas glorias y tradiciones. Gracias a Racin, la casbah y los motivos urbanos de Argel podrán ahora ser vistos de manera más luminosa, y las galeras empavesadas de
Barbarroja [7] haciéndose de nuevo a la mar...

Una mirada retrospectiva lo devuelve a París, ciudad que a pesar de todo le había provocado satisfacciones tiempo atrás. En 1936 Racim expone sus nuevas obras acompañadas de miniaturas en la Galería Ecalle, sita en la Rue du Faubourg Saint-Honoré.

La crítica parisiense tomó en cuenta su exposición, pero no ve en él más que el creador de un arte inspirado en la miniatura persa y adaptado a la creación de la miniatura argelina, que no había existido nunca. Las aguadas y frescos, que busca ensayar sin abandonar la miniatura, son calificadas con fórmulas prudentes, aunque algunos, como su amigo Gabriel Audisio –amigo de Camus y figura del mouvement mediterranéiste, rebelde contra el “latinismo” y el “orientalismo” dominantes entonces en las letras y en la pintura– expresará que su interés por conciliar la imaginería oriental y la técnica de la aguada “deben ser seguidos con atención”, pues hablan a favor de “la unión de las civilizaciones”, que el propio Audisio declamaba como “una alianza pareja de todos los refinamientos estéticos de la cultura occidental y de las ancestrales lecciones de la cultura islámica.”

La mano del artista

Las miniaturas de Racim son calificadas como “verdaderas joyas nacidas bajo la mano artista y paciente de un orfebre”. Tentado por restituir los esplendores de los tiempos gloriosos de la época del Islam otomano, Racim se vuelve un poco pintor de historia en su obra “La flota de Barbarroja”. La vieja casbah se recuesta sobre las laderas arboladas donde se acomodan las casas patricias. Allí Racim evoca las reuniones de mujeres (“Terrazas de Casbah”), las calles (“Rue Sidi Ben Abdallah”), las fiestas y reuniones pobladas de rostros amables, también de un retrato del profeta del Islam que Racim interpretaba, conforme a las tradiciones, como el más bello de los hombres. “La historia del Islam” constituye una de sus obras más celebradas. Alrededor de sus personajes, Racim elabora la devoción musulmana, sus conquistas militares, los sitios de su espiritualidad; un tablero pleno de fe religiosa y de belleza, desprovisto de sombras, tal como exigía las técnicas de la miniatura, cuya atmósfera queda inundada de luces difusas, que no alcanzan a venir de ningún lado en particular. Racim comenzará su mágica descripción por el centro de la composición, lo que le permite no volver a poner la mano sobre las partes ya terminadas.

Recrea con colores juiciosos y evocadores el espacio histórico del Islam hasta completar la obra, que él acierta a rodear con la delicadeza del ornamento siempre delicado.

Muhammad Racim, pintor nacional Habiendo empeorado su vista, las producciones tardías de Racim deberán renunciar a la miniatura. Alejado del militarismo nacionalista (eso que algunos le critican), la obra de
Racim subraya la pureza de un recorrido artístico marcado por un estatus social y por la elegancia graciosa de una gestión estética. Formado en una familia tradicional y educado en el colonialismo, su obra está hecha a la vez de conservación e innovación, de atadura a una tradición nacional, de la filiación a un arte islámico externo. Meticuloso en la documentación, curioso en la búsqueda de información, Racim hallará en sus viajes al exterior (becas y viajes efectuados por su cuenta) la necesaria confrontación e inspiración a la materia de su arte, la insistencia erudita en recapitular las diferentes escuelas islámicas orientales y también europeas, que lo conducirán a una producción decididamente independiente.

En 1980, después de su muerte, la colección personal del artista fue legada al Museo Nacional de Bellas Artes de Argel, habiendo sido expuesta en el Instituto del Mundo Árabe de París en marzo de 1992.

Consagrado como pintor nacional después de su muerte, la dimensión de Muhammad Racim, nombre predestinado [8] , trasciende el arte. Fue un hombre de síntesis que supo armonizar estilos. Su obra, por lo tanto, llama a la fraternidad. Su particular visión totalizadora del arte, hecha de aportes múltiples, constituye un significativo llamado de actualidad a la formación del verdadero rostro de la Argelia moderna, convulsionada por las actualidad a la formación del verdadero rostro de la Argelia moderna, convulsionada por las divisiones, la cual tiene a su alcance para tomar de ejemplo.

Finalmente, bien harían las embajadas de los países islámicos en promover entre nosotros el conocimiento y la difusión del arte y sus artistas que, como Muhammad Racim, nos acercan con generosidad y talento mundos y culturas diferentes y, por lo tanto, enriquecedores.

NOTAS.-
[1] Extraído de la revista El mensaje del Islam nº 11, abril de 1995 / Dhul Qa‘adah de 1415. (Nota de la
Redacción).
[2] Director de la publicación Otros países y continentes , Buenos Aires, Argentina.
[3] Véase Camilla Edwards, Orientalist Paintings, Al-Noor, Londres, noviembre de 1994, págs 10-11.
[4] Jorasán es una región histórica que comprendía la actual provincia noreste de Irán, con capital en
Mashad, y la porción occidental de Afganistán, con capital en Herat.
[5] Considerada en París dentro de la categoría del arte pictórico, la miniatura persa fue motivo de una
exposición realizada en 1912 en el Pavillon de Marsan de la capital francesa. Cuando los miniaturistas no
conformaron sus deseos de luz y del claroscuro, y sus modelos del aire y del viento, Racim supo abrevar
en la miniatura mongol del siglo XVII. Este estilo pictórico surgió de la cultura y civilización de los
Grandes Mongoles, una dinastía islámica que reinó en la India entre 1526 y 1858. Véase Stuart Cary
Welch, Imperial Mughal Painting, George Braziller, Nueva York, 1978.
Racim admite haber conocido muy tarde la ilustración medieval europea, cuya técnica era completamente
diferente a la de los persas.
[6] Esta fue la primera confrontación armada de la historia en que intervino un ejército islámico. Sucedió
en el año 624 del calendario occidental (17 de ramadán del año 2 de la Hégira) cerca de la aldea de Badr.
En ella se enfrentaron el ya citado ejército musulmán frente un ejército liderado por los aristócratas
politeístas de La Meca, el cual fue claramente derrotado.
[7] Apodo dado por los historiadores occidentales a Jidr, llamado también Jairuddín (1476-1546), corsario
griego converso al Islam, originario de Mitilene, en la isla de Lesbos, y fundador, junto a su hermano
Baba Arudj (1474-1518), del Estado de Argel en el siglo XVI. Ambos hermanos combatieron en el
Mediterráneo, al servicio de los sultanes otomanos Selim I y Solimán el Magnífico, contra las tropas
imperiales de Carlos V y las flotas de las repúblicas genovesa y veneciana. Fueron legendarios sus
enfrentamientos navales contra el famoso comandante Andrea Doria.
[8] Racim significa pintor en árabe y proviene de rasama, dibujar.

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