domingo, 1 de enero de 2012

El alma de Irán Irán, patria de filósofos y poetas - Henry Corbin


Aquel que vuelve a tierra de Occidente por algunas semanas y desea transmitir un poco su fervor por el universo espiritual iraní, experimenta un cierto temor que frena su exposición; pues no se atreve a penetrar en el corazón del tema, a menos que sepa que el interlocutor está en posesión de una red de referencias históricas y geográficas suficientemente fuerte para extender la perspectiva interior donde deberán proyectarse imágenes y problemas. Y sin embargo querría desde un principio despertar el interés por la situación espiritual de este amable pueblo, que nunca abdicó de su vocación de ser un pueblo de pensadores y poetas. Conseguir capturar como se entremezclan lo moderno y lo tradicional en su cultura milenaria tan lejana a nosotros en el espacio, tan próxima en el alma. Cuantos conceptos religiosos que nuestro occidente no ha dejado de vivir, fueron enseñados hace unos nueve siglos antes de nuestra era por Zarathustra, el profeta de los Arios, el heraldo del Dios-Sabiduría, del mundo de los Arcángeles y de la Transfiguración final del mundo. También es difícil esquematizar los precedentes: los que nosotros llamábamos ayer “Persas”, hoy mas apropiadamente “Iranís” (porque Persia no es mas que una provincia al sudoeste del mundo iraní, la de Shirâz y de Persépolis), han tenido el privilegio de mantenerse como un pueblo de individuos: es raro interrogar dos amigos iranís sobre un problema y obtener dos veces la misma respuesta. Sin duda, las inmensas distancias desde el altiplano (cerca de cuatro veces la superficie de Francia) han sido hasta ahora un beneficioso obstáculo para la difusión de aquellos slogans de todo tipo, que han causado la abolición de las conciencias en nuestro mundo. Son simplemente algunas anotaciones rapsódicas lo que se quiere apuntar aquí.



Si bien es cierto que desde siempre la teología de Irán ha sido una teología de la Luz, realmente se trata de una conjugación entre la teología y el cielo. La luz que se expande sobre el altiplano, luz solar de los días y luz estelar de las noches, es una materia de lo más sutil perfectamente sublimada, la materia inmaterial de los místicos, en la que la imaginación metafísica puede modelar sus sueños.

Monte Demâvend
Aunque por la ruta tradicional que, procedente de Baghdad, asciende la alta cadena del Zagreus y pasa por Hamadan (la Ecbatana de los Medas, patria del padre de Mani, el profeta del siglo III desembocamos por la izquierda hacia el norte, barrando el acceso al mar Caspio, esa otra cadena cuya cima es el Demâvend (6.000 metros), lugar de tantas escenas míticas, miembro eminente de la mas bella familia de las montañas, la de los volcanes extintos. Por donde sea que nos paseemos en Teherán, nuestro horizonte siempre será este círculo de montañas. No tanto una limitación como una repetida invitación para la mirada despierta. La alta rampa de nieve durante el invierno, la roca desnuda durante los ardientes veranos, se cubre de púrpura en los crespúsculos de la mañana y por la noche los primeros fulgores prefiguran en el alma la espera del gozo final.

Teherán 1940
Teherán es una capital relativamente joven, aunque a sus puertas se encuentren los restos de Rhagés, la ciudad secular de los magos, hacia la cual el ángel guiará al joven Tobías. Solo en el siglo XVI con el advenimiento de la dinastía Qajar, Teherán sucederá como capital a la muy antigua y prestigiosa Ispahan. Pero es al último gran soberano de Irán, Rezâ Shâh Pahlaví, que debe su aspecto de gran ciudad moderna. Amplias avenidas sembradas de árboles, casas que raramente sobrepasan uno o dos pisos; uno se encuentra siempre bajo cielo. El marco del magnífico paseo que la bordea al norte a un tiro de diez kilómetros, nos acogen las muy modernas facultades de derecho y medicina, naves que guían la progresión de la ciudad en marcha hacia la montaña. Pero es en el corazón mismo de la ciudad, por las avenidas con nombres de prestigiosos poetas, donde encontramos las facultades de letras y ciencias y la facultad de teología. Esta, la más bella puede ser de entre todas la facultades de teología del mundo: imitando un celebre monumento de Ispahan, jardines de cipreses y de sauces, estanques, altos muros celestes de ladrillo esmaltado y alrededor nichos y sombras donde los estudiantes sentados en grupos consumen enormes libros. Un poco sorprendidos quizá, cuando el investigador llegado de lejos pasa entre ellos, simpatía desde un principio tras algunas sesiones en la biblioteca. Y después, todas las bibliotecas que habría que citar: Biblioteca del Parlamento, Biblioteca Nacional, Biblioteca Malek en el viejo y pintoresco bazar, y en todas ellas sus jóvenes directores o conservadores de inagotable amabilidad.

Ispahan
Pero todos los escritos de ciencias tradicionales no son fáciles de descubrir. En el fondo se distingue una concepción muy alta del saber y la sabiduría: es un bien que se transmite por vía de iniciación personal, no es una mercancía libresca en el comercio para todo el mundo. Hay que ir hacia aquel que sabe: saborear la intimidad de un interior iraní, alfombra espesa, muros desnudos con pequeños nichos sobrecargados de manuscritos. Y en el secreto de los jardines, en las tardes de verano, a bordo de canoas en miniatura que siguen en sus fantasías la doble comitiva de arbustos que guardan sus riberas, haber escuchado la larga modulación de un poema, sostenida por una música tan dulce que solo el oído del corazón la percibe, sin fin, porque no acaba mas que con un sollozo contenido, el de una nostalgia tanto mas incurable en cuanto tiene tan claro su objeto de recuerdo. Jardines, tapices, cerámicas, pinturas de manuscritos a plena página, el mismo gran sueño infatigablemente repetido en un espejo donde el pensamiento se reúne, en un espacio donde puede identificarse con su objeto. Espejo que, a través de las palingenesias, refleja todavía el paisaje de gloria descrito por la cosmogonía mazdea en la mañana de los mundos: el concepto mismo del Jardín celeste, del “paraíso”.

Son estas ciudades al completo que este espejo ha presentado al alma iraní: la Ispahan de los Safavidas, verde luz de los jardines y las cúpulas, sueño de quebradiza grandeza hierática. Mas al sur, a mil kilómetros de Teherán, la ciudad de los Aqueménidas, Persépolis en patéticas ruinas. Tras pasar una noche en lo que fue el palacio de la reina de Artajerjes, al pie de las tumbas de los Grandes Reyes, oh! Cuan sospechosos parecían los textos clásicos mal difundidos y que han saturado nuestras infancias en Occidente.
Montes Elborz

Del sur al norte, a través de los siglos se ha escenificado el drama del país ario. Pues una visión completa exige que dejemos un momento los altos valles ascéticos, para alcanzar las orillas del verde Caspio, la gran fiesta de la exuberancia vegetal. Pero tendremos entonces que franquear el alto asilo de Alborz. En estas regiones, la caballería iraní resistió a los conquistadores árabes durante los siglos que darían paso al más extraordinario fenómeno religioso de los tiempos futuros: lentamente, a través de la interferencia de múltiples y complejas aspiraciones, claras a la lúcida conciencia de algunos, el shi’ismo iraní asumirá la anunciación islámica en la devoción a los sacro-santos Imams.

Quizá hemos evocado de este modo a las grandes figuras de cada ciclo: de Zarathustra a Yazdagard III, el rey mártir, ultimo de los Sasanidas (siglo VII), hasta Shâh Ismail, el joven rey héroe de catorce años (siglo XVI).

¿Cómo es que en Occidente solo conocemos casi exclusivamente el islam sunní? Es común decir que con Averroes (siglo XII) la filosofía llega a su término. Quizá sí. Pero se olvida lo que ocurre en la vertiente oriental del mundo islámico, el renacimiento inaugurado por un Sohravardi y un Afzal Kâshâni. Y después, ¿cómo es que en la Ispahan shi’ita de los Safavidas del siglo XVI vemos reaparecer con fuerza espectacularmente prodigiosa, producidas por un Mir Dâmâd  y un Mollâ Sadrâ síntesis comparables a las de un Hegel o un Schelling? Será necesario mucho trabajo aún antes de responder a esta pregunta. Los grandes motivos que alimentan desde siempre la teología iraní son la Epifanía divina y la parusía. Epifanía divina en la belleza humana, transfigurándose a partir del Eros que es el secreto del sufismo iraní. De ella surgen estas inmensas epopeyas místicas que, del siglo XII al XIII, de una Fariduddîn Attâr a Safi ‘Alishâh, cantan en sutiles parábolas sobre la divinización.

Pero todo ello, grandes sistemas y vastas epopeyas, ha quedado ausente de nuestros esquemas del mundo. Sin embargo, no puede ser motivo para que de Tristán al amor cátaro, de Boehme a Swedenborg, su estudio no pueda ser conducido en paralelo con su correspondiente iraní.

Pero para conseguirlo, queda una imponente cantidad de manuscritos para estudiar y editar. Esta será una de las grandes tareas del Institut Franco-Iranien que se abrió en Teherán.

Solamente entonces, tendremos la esperanza de comprender la profunda alma de Irán y sus problemas actuales; podremos, con la ayuda de nuestros amigos iranís, perpetuar y hacer posible la transmisión de lo que tanto amamos. Y la inmensa riqueza guardada en reserva por los pensadores de Irán podrá ser un contrapeso a las esperanzas desaparecidas, falseadas o alteradas.

Henry Corbin
Octubre 1946

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