domingo, 4 de marzo de 2012

Asakusa, mi barrio


Carnaval de Asakusa

Asakusa es lo que aún queda de la antigua Edo (hoy Tōkyo). Barrio tradicional y a la vez pionero: de aquí surgieron los primeros kabuki y striptease de la ciudad. Aunque bullicioso y de carácter marcadamente popular, el tiempo transcurre en él plácidamente.

En la quietud de las primeras horas de la mañana, los barrenderos del Templo de Kannon cruzan, con parsimonia, el barrio y sus vericuetos; mientras, las tiendas modulares de Nakamise comienzan a desplegarse como si un gran y afable pulpo se desperezara, estirando sus tentáculos, tras un descanso reparador.

Nakamise
El lugar se llena pronto de actividad y de uno a otro lado se oyen los obligados «¡Irasshiamase!» de bienvenida al tiempo que tu vista se pasea por coloridos kimonos, abanicos, manekis, y como no, toda una interminable selección de dulces, que con sus apetitosos aromas, atraerán sin remisión al recién llegado.

Al final de Nakamise, el bello portal de Hozomon, y tras cruzarlo medio cegado por los mil y un flashes de los turistas, el Templo de KannonKannon la Misericordiosa—. Un poco antes de subir sus escaleras, pequeños pabellones te ofrecerán incienso, amuletos, sutras y, claro, también los tradicionales papelitos Omikuji: por 100 Yens la suerte en tu mano.

Senso-Ji
Y por fin, el templo, desde cuyo interior escucharás a los monjes recitar: … gyatei, gyatei, hara gyatei… tres palmadas y saludo en gassho, palmas unidas en reverencia... Mientras, la animación continúa. A las 13.00 h, tras el almuerzo, la gente debe buscar refugio. Ni sombreros, ni abanicos, ni los paraguas multicolores pueden con el calor de estas horas. Es momento de un refrescante raspado de fresa o de un estupendo helado de sésamo y macha.

Omikuji
Las 18.00 h, retorno a casa; aunque los más jóvenes se quedarán para disfrutar de la noche. Las horas pasan y las tiendas de Nakamise y alrededores se recogen silenciosamente. Por las calles, que los faroles iluminan, los graznidos de cuervo —habitante también de la ciudad— se entremezclan con los últimos irrashaimase de los restaurantes, y los bares comienzan a llenarse de sararymen, oficinistas que tras una interminable jornada laboral, pasarán el tiempo bebiendo hasta emborracharse. No faltará quien acabe dormido en algún rincón de la calle, con su maletín tirado a un lado y la chaqueta de almohada.

Y llega la mañana, vuelven los barrenderos. A esas horas solo se oye alguna bicicleta, algún gato, alguna tienda que abre y los ñic-ñic del rodar de un carro cargado de cartones, arrastrado por un anciano de adoloridos huesos. Y entre esos ruidos y la tímida luz del Sol naciente, Kannon la Misericordiosa desde su altura, contempla con una suave sonrisa el barrio en espera del nuevo día.


(Diario personal: Japón, Agosto 2001)



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