F. Cheng, nació en China en 1929. Escritor,
poeta, calígrafo y miembro de la Academia Francesa. Fragmento de su libro
"Cinco meditaciones sobre la belleza" (Ed. Siruela).
La
cultura china, por su duración, arrastró muchos avatares y elementos
petrificados que no hay que dudar en apartar. Su mejor parte radica en cierta
concepción y cierta práctica de la vida, así como cierta experiencia de la
belleza. Ningún chino está dispuesto a abandonar esta última parte, ya sea
confuciano o taoísta, ya se haga budista, musulmán, o incluso marxista. Vale
la pena detenerse un poco en ello.
La cosmología china se basa en la idea del
Hálito, a la vez materia y espíritu. Partiendo de la idea de Hálito, los
primeros pensadores propusieron una concepción unitaria y orgánica del universo
vivo en que todo está ligado y todo se sostiene. El Hálito primordial que
garantiza la unidad original sigue animando todos los seres, ligándolos en una
gigantesca red de entrecruzamientos y de engendramiento llamada Tao, la Vía.
En el seno de la Vía, la naturaleza del Hálito y su ritmo son
ternarios, en el sentido en que el Hálito primordial se divide en tres tipos de
hálitos que actúan de forma concomitante: el hálito Yin, el hálito Yang y el hálito
del Vacío medio. Entre el Yang, potencia activa, y el Yin, suavidad receptiva,
el hálito del Vacío medio -que extrae su poder del Vacío original- tiene el
don de impulsarlos a la interacción positiva, para que se produzca una
transformación mutua, benéfica para ambos.
Desde
esta óptica, lo que sucede entre las entidades vivas es igual de importante que
las entidades mismas. (Esta intuición tan antigua coincide con el pensamiento
de un filósofo del siglo XX: Martin Buber.) El Vacío toma aquí un sentido
positivo, porque está ligado al Hálito; el Vacío es el lugar en que circula y
se regenera el Hálito. Todos los seres vivos están habitados por esos hálitos;
sin embargo, cada uno está marcado por un papel más determinante del Yin o del
Yang. Citemos, a modo de ejemplos, las grandes entidades que forman parejas:
Sol-Luna, Cielo-Tierra, Montaña-Agua, Masculino-Femenino, etc. En
correspondencia con esta visión taoísta, el pensamiento confuciano, como hemos
visto anteriormente, también es ternario. La tríada Cielo-Tierra-Hombre afirma
el papel espiritual que el hombre debe desempeñar en el seno del cosmos.
Esta concepción cosmológica basada en el Hálito conlleva
principalmente tres consecuencias que tienen que ver con el modo de captar el
movimiento de la vida.
Primera consecuencia: debido a la naturaleza dinámica del
Tao, y sobre todo a la acción del Hálito que garantiza, desde el origen y de
manera continua, el proceso que va del no-ser hacia el ser (o el siendo) -en
chino, del wu, “no hay”, hacia el you, “hay”-, el
movimiento de la vida y nuestra participación en ese movimiento brotan siempre
constante y mutuamente, como al principio. Dicho de otro modo, el movimiento
de la vida se percibe en cada instante más como un advenimiento o un “giro” que
como una mera repetición de lo mismo. Para ilustrar esta forma de comprensión,
podemos citar como ejemplos dos prácticas que han atravesado el tiempo y han
permanecido vivas: el taijiquan y la caligrafía.
Segunda consecuencia: el movimiento de la vida se encuentra
preso en una red de constantes intercambios y entrecruzamientos. Podemos hablar
de una interacción generalizada. Cada vida está ligada, aun inconscientemente,
a las demás vidas; y cada vida, como microcosmos, está ligada al macrocosmos,
cuya marcha no es sino el Tao.
Tercera consecuencia: en el seno de la marcha del Tao, que es
todo menos una repetición de lo mismo, la interacción tiene como efecto la
transformación. Más exactamente, en la interacción del Yin y del Yang, el Vacío
medio, al drenar la mejor parte de ambos, los conduce a la transformación
mutua, benéfica para uno y para el otro. Señalemos que el Vacío medio actúa
también en el tiempo. Si el río es la imagen del tiempo que fluye sin retorno,
el pensamiento chino percibe que el agua del río, al tiempo que fluye, se
evapora, asciende al cielo para convertirse en nube y vuelve a caer en forma de
lluvia para realimentar el río en su fuente. Este movimiento circular impulsado
por el Vacío medio es el de la renovación.
Trasladándolos al plano que nos ocupa, el de los modos de ser
de la belleza, los tres puntos que acabamos de ver tienen sus respectivas
correspondencias en los tres puntos siguientes:
-La belleza siempre es un advenir, un advenimiento, por no
decir una epifanía, y más concretamente un “aparecer ahí”.
-La belleza implica un entrecruzamiento, una interacción, un encuentro
entre los elementos que constituyen una belleza, entre esa belleza presente y
la mirada que la capta.
-De este encuentro, si es profundo, nace otra cosa, una
revelación, una transfiguración, como un cuadro de Cézanne nacido del encuentro
entre el pintor y la montaña Sainte-Victoire.
No todo el mundo es artista, pero todo el mundo puede ver su
ser transformado, transfigurado por el encuentro con la belleza, puesto que la
belleza suscita belleza, aumenta la belleza, eleva la belleza. El funcionamiento
de la belleza también es ternario.
“La belleza es un aparecer ahí”, esta formulación puede
sorprender. La belleza, si es, ¿acaso no viene ya dada, la veamos o no? ¿Por
qué tiene que aparecer? Los chinos no pueden ignorar que existe una belleza “objetiva”.
Pero saben también que la belleza viva nunca es estática, ni se entrega
totalmente. Como entidad animada por el Hálito, obedece a la ley del yin-xian,
“oculto-manifiesto”. A imagen de una montaña oculta por la bruma, o de un
rostro de mujer tras un abanico, su encanto reside en el desvelamiento. Toda
belleza es singular y, según los momentos y las luces, su manifestación, por no
decir su “surgimiento”, es siempre inesperado. Una figura de belleza, incluso
una a la que estuviéramos acostumbrados, debería presentársenos cada vez como
nueva, como un advenimiento. Por esta razón la belleza siempre nos conmueve.
Hay bellezas llenas de una luminosa dulzura que, de repente, por encima de las
tinieblas y del sufrimiento, nos remueven las entrañas; otras, surgidas de
algún subterráneo, nos atrapan o nos arrebatan con su extraño sortilegio;
otras, puro fulgor, subyugan, fulminan...
Hablaba antes de la montaña oculta por la bruma. Me recuerda
la expresión “bruma y nube del monte Lu” que significa, en chino, una verdadera
belleza, que es, como debe ser, misteriosa y “sin fondo”, como ya he dicho...
Zhen Chou
(1427-1509), “El monte Lu” (National Palace Museum, Taipei, Taiwan).
[Publicado en la Revista Arsgravis n. 5 ]


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