Aquel
que vuelve a tierra de Occidente por algunas semanas y desea transmitir un poco
su fervor por el universo espiritual iraní, experimenta un cierto temor que
frena su exposición; pues no se atreve a penetrar en el corazón del tema, a menos
que sepa que el interlocutor está en posesión de una red de referencias
históricas y geográficas suficientemente fuerte para extender la perspectiva
interior donde deberán proyectarse imágenes y problemas. Y sin embargo querría
desde un principio despertar el interés por la situación espiritual de este
amable pueblo, que nunca abdicó de su vocación de ser un pueblo de pensadores y
poetas. Conseguir capturar como se entremezclan lo moderno y lo tradicional en
su cultura milenaria tan lejana a nosotros en el espacio, tan próxima en el
alma. Cuantos conceptos religiosos que nuestro occidente no ha dejado de vivir,
fueron enseñados hace unos nueve siglos antes de nuestra era por Zarathustra,
el profeta de los Arios, el heraldo del Dios-Sabiduría, del mundo de los
Arcángeles y de la Transfiguración final del mundo. También es difícil
esquematizar los precedentes: los que nosotros llamábamos ayer “Persas”, hoy
mas apropiadamente “Iranís” (porque Persia no es mas que una provincia al
sudoeste del mundo iraní, la de Shirâz y de Persépolis), han tenido el
privilegio de mantenerse como un pueblo de individuos: es raro interrogar dos
amigos iranís sobre un problema y obtener dos veces la misma respuesta. Sin duda,
las inmensas distancias desde el altiplano (cerca de cuatro veces la superficie
de Francia) han sido hasta ahora un beneficioso obstáculo para la difusión de aquellos
slogans de todo tipo, que han causado la abolición de las conciencias en
nuestro mundo. Son simplemente algunas anotaciones rapsódicas lo que se quiere
apuntar aquí.
Si
bien es cierto que desde siempre la teología de Irán ha sido una teología de la
Luz, realmente se trata de una conjugación entre la teología y el cielo. La luz
que se expande sobre el altiplano, luz solar de los días y luz estelar de las
noches, es una materia de lo más sutil perfectamente sublimada, la materia
inmaterial de los místicos, en la que la imaginación metafísica puede modelar
sus sueños.
![]() |
| Monte Demâvend |
Aunque
por la ruta tradicional que, procedente de Baghdad, asciende la alta cadena del
Zagreus y pasa por Hamadan (la Ecbatana de los Medas, patria del padre de Mani,
el profeta del siglo III desembocamos por la izquierda hacia el norte, barrando
el acceso al mar Caspio, esa otra cadena cuya cima es el Demâvend (6.000
metros), lugar de tantas escenas míticas, miembro eminente de la mas bella
familia de las montañas, la de los volcanes extintos. Por donde sea que nos
paseemos en Teherán, nuestro horizonte siempre será este círculo de montañas.
No tanto una limitación como una repetida invitación para la mirada despierta.
La alta rampa de nieve durante el invierno, la roca desnuda durante los
ardientes veranos, se cubre de púrpura en los crespúsculos de la mañana y por
la noche los primeros fulgores prefiguran en el alma la espera del gozo final.
![]() |
| Teherán 1940 |
Teherán
es una capital relativamente joven, aunque a sus puertas se encuentren los
restos de Rhagés, la ciudad secular de los magos, hacia la cual el ángel guiará
al joven Tobías. Solo en el siglo XVI con el advenimiento de la dinastía Qajar,
Teherán sucederá como capital a la muy antigua y prestigiosa Ispahan. Pero es
al último gran soberano de Irán, Rezâ Shâh Pahlaví, que debe su aspecto de gran
ciudad moderna. Amplias avenidas sembradas de árboles, casas que raramente
sobrepasan uno o dos pisos; uno se encuentra siempre bajo cielo. El marco del
magnífico paseo que la bordea al norte a un tiro de diez kilómetros, nos acogen
las muy modernas facultades de derecho y medicina, naves que guían la
progresión de la ciudad en marcha hacia la montaña. Pero es en el corazón mismo
de la ciudad, por las avenidas con nombres de prestigiosos poetas, donde
encontramos las facultades de letras y ciencias y la facultad de teología. Esta,
la más bella puede ser de entre todas la facultades de teología del mundo:
imitando un celebre monumento de Ispahan, jardines de cipreses y de sauces, estanques,
altos muros celestes de ladrillo esmaltado y alrededor nichos y sombras donde
los estudiantes sentados en grupos consumen enormes libros. Un poco
sorprendidos quizá, cuando el investigador llegado de lejos pasa entre ellos,
simpatía desde un principio tras algunas sesiones en la biblioteca. Y después,
todas las bibliotecas que habría que citar: Biblioteca del Parlamento, Biblioteca
Nacional, Biblioteca Malek en el viejo y pintoresco bazar, y en todas ellas sus
jóvenes directores o conservadores de inagotable amabilidad.
![]() |
| Ispahan |
Pero
todos los escritos de ciencias tradicionales no son fáciles de descubrir. En el
fondo se distingue una concepción muy alta del saber y la sabiduría: es un bien
que se transmite por vía de iniciación personal, no es una mercancía libresca
en el comercio para todo el mundo. Hay que ir hacia aquel que sabe: saborear la
intimidad de un interior iraní, alfombra espesa, muros desnudos con pequeños
nichos sobrecargados de manuscritos. Y en el secreto de los jardines, en las tardes
de verano, a bordo de canoas en miniatura que siguen en sus fantasías la doble
comitiva de arbustos que guardan sus riberas, haber escuchado la larga
modulación de un poema, sostenida por una música tan dulce que solo el oído del
corazón la percibe, sin fin, porque no acaba mas que con un sollozo contenido,
el de una nostalgia tanto mas incurable en cuanto tiene tan claro su objeto de
recuerdo. Jardines, tapices, cerámicas, pinturas de manuscritos a plena página,
el mismo gran sueño infatigablemente repetido en un espejo donde el pensamiento
se reúne, en un espacio donde puede identificarse con su objeto. Espejo que, a
través de las palingenesias, refleja todavía el paisaje de gloria descrito por
la cosmogonía mazdea en la mañana de los mundos: el concepto mismo del Jardín
celeste, del “paraíso”.
Son
estas ciudades al completo que este espejo ha presentado al alma iraní: la
Ispahan de los Safavidas, verde luz de los jardines y las cúpulas, sueño de quebradiza
grandeza hierática. Mas al sur, a mil kilómetros de Teherán, la ciudad de los
Aqueménidas, Persépolis en patéticas ruinas. Tras pasar una noche en lo que fue
el palacio de la reina de Artajerjes, al pie de las tumbas de los Grandes
Reyes, oh! Cuan sospechosos parecían los textos clásicos mal difundidos y que
han saturado nuestras infancias en Occidente.
![]() |
| Montes Elborz |
Del
sur al norte, a través de los siglos se ha escenificado el drama del país ario.
Pues una visión completa exige que dejemos un momento los altos valles
ascéticos, para alcanzar las orillas del verde Caspio, la gran fiesta de la
exuberancia vegetal. Pero tendremos entonces que franquear el alto asilo de
Alborz. En estas regiones, la caballería iraní resistió a los conquistadores
árabes durante los siglos que darían paso al más extraordinario fenómeno
religioso de los tiempos futuros: lentamente, a través de la interferencia de
múltiples y complejas aspiraciones, claras a la lúcida conciencia de algunos,
el shi’ismo iraní asumirá la anunciación islámica en la devoción a los sacro-santos
Imams.
Quizá
hemos evocado de este modo a las grandes figuras de cada ciclo: de Zarathustra
a Yazdagard III, el rey mártir, ultimo de los Sasanidas (siglo VII), hasta Shâh
Ismail, el joven rey héroe de catorce años (siglo XVI).
¿Cómo
es que en Occidente solo conocemos casi exclusivamente el islam sunní? Es común
decir que con Averroes (siglo XII) la filosofía llega a su término. Quizá sí.
Pero se olvida lo que ocurre en la vertiente oriental del mundo islámico, el
renacimiento inaugurado por un Sohravardi y un Afzal Kâshâni. Y después, ¿cómo
es que en la Ispahan shi’ita de los Safavidas del siglo XVI vemos reaparecer
con fuerza espectacularmente prodigiosa, producidas por un Mir Dâmâd y un Mollâ Sadrâ síntesis comparables a las
de un Hegel o un Schelling? Será necesario mucho trabajo aún antes de responder
a esta pregunta. Los grandes motivos que alimentan desde siempre la teología
iraní son la Epifanía divina y la parusía. Epifanía divina en la belleza
humana, transfigurándose a partir del Eros que es el secreto del sufismo iraní.
De ella surgen estas inmensas epopeyas místicas que, del siglo XII al XIII, de
una Fariduddîn Attâr a Safi ‘Alishâh, cantan en sutiles parábolas sobre la
divinización.
Pero
todo ello, grandes sistemas y vastas epopeyas, ha quedado ausente de nuestros
esquemas del mundo. Sin embargo, no puede ser motivo para que de Tristán al
amor cátaro, de Boehme a Swedenborg, su estudio no pueda ser conducido en
paralelo con su correspondiente iraní.
Pero
para conseguirlo, queda una imponente cantidad de manuscritos para estudiar y
editar. Esta será una de las grandes tareas del Institut Franco-Iranien que se
abrió en Teherán.
Solamente
entonces, tendremos la esperanza de comprender la profunda alma de Irán y sus
problemas actuales; podremos, con la ayuda de nuestros amigos iranís, perpetuar
y hacer posible la transmisión de lo que tanto amamos. Y la inmensa riqueza
guardada en reserva por los pensadores de Irán podrá ser un contrapeso a las
esperanzas desaparecidas, falseadas o alteradas.
Henry
Corbin
Octubre
1946





No hay comentarios:
Publicar un comentario