sábado, 15 de enero de 2011

La danza y lo sagrado - Entrevista a Maurice Béjart

Es necesario haber visto evolucionar sobre una escena el grupo de bailarines dirigidos por Maurice Béjart para comprender la fuerza de lo creado y las profundas repercusiones que puede tener sobre cada uno de los espectadores. El coreógrafo sabe dirigir las consciencias hacia la metamorfosis, hacia la conmoción del alma del público y cada ballet que él dirige es una revelación.



Entrada de artistas del Palacio de Congresos donde los bailarines japoneses, dirigidos por Béjart, darán esta noche una actuación. Llega el maestro, con paso rápido. Yo me encuentro de este modo de cara a esta mirada singular, mil veces captada por los fotógrafos. Es evidente que Béjart está más intimidado que yo. Siento enseguida su autenticidad, su total ausencia de afectación. Le han explicado mi proyecto de entrevista centrado en su itinerario interior. Mi interlocutor desafía las entrevistas con pretensiones metafísicas. Me las tengo que ver con un hombre muy púdico, poco preocupado de hablar demasiado de aquello que considera importante vivir. Intercambiamos algunas palabras, nos miramos. Intento asegurarle de que no le “traicionaré”, a lo que replica que yo no podría evitar traicionarle” : yo veré “mi” Béjart, extenderé sobre el papel mi percepción de nuestra entrevista. Debo reconocer que tiene razón. Una o dos palabras más, nuevamente nuestras miradas se cruzan.

Es sí. El encuentro tiene lugar en su casa, en Suiza.

Una mañana en Lausanne

La plaza Ripone está casi desierta esta mañana, mientras que penetro en un edificio señorial. Al golpe de campana, la puerta se abre, vuelvo a encontrar la verde mirada. A penas franquear la puerta, ya no me encuentro en Suiza, sino en Japón. Un fuerte olor a incienso impregna este gran apartamento, tan despojado que podría ser de un letrado de Tôkyo. Todo el lugar está impregnado de una atmósfera meditativa. Mi huésped me confiará más tarde que no le gusta hablar tan temprano. Al medio día le veremos sentado ante el inmenso espejo donde se refleja el grupo que ensaya y tiene la costumbre de consagrar la mañana al silencio. Le estoy muy agradecido por el tiempo y energía que me quiera prestar.

Alcanzamos una escalera para llegar a su habitación donde nos sentaremos en tierra sobre cojines. De principio al fin de la reunión, Béjart tendrá cerca suyo el Tratado del Amor de Ibn ‘Arabi, publicado en formato bolsillo por la colección “Spiritualités Vivantes”.

Comenzando la conversación, siento que necesito desprenderme de las preguntas preparadas para estar muy atento a la escucha.


Nouvelles Clés: He anotado este pasaje de su libro (Un instante en la vida del otro, Flammarion) donde Ud. dice que “la publicación de las Correspondencias completas será un día remplazada por la de las entrevistas”.

Maurice Béjart: Mi gusto por las entrevistas viene del hecho de que me gusta descubrir a los otros. Durante una entrevista, descubro a aquel que me hace preguntas. Es el entrevistado quien, finalmente, interroga al entrevistador. Lo encuentro interesante desde el punto de vista de las relacionas humanas.

N.C.: Por otra parte, ¿un entrevistador que hace preguntas profundas, le da quizá la ocasión de precisar ciertas cosas, de hacer brotar las intuiciones que surgen desde su interior?

M.B. (dudando): Bueno, yo me descubro en mi trabajo. Eso es suficiente.

N.C.: Ud. Ha tenido una vida plena, rica, lo que se llama un destino. Ahora bien, me ha sorprendido la recurrencia en su libro, frases como: “cuando las cosas deben hacerse, se hacen”, “los encuentros vienen siempre en un momento dado”… ¿cree Ud. en algún tipo de predestinación?

M.B.: Si, desde luego. Pero entendiendo bien que creo en la voluntad, en la existencia del libre arbitrio. Pero, veo en la acción cierta predestinación. Es en las pequeñas cosas que tenemos que intervenir; en cuanto a las grandes, es el destino el que se encarga. Cada mañana, decido hacer una serie determinada de tareas. Pero se trata de preguntarse si necesito dejar Bruselas por Lausanne, o mas bien, volver a Paris… Las decisiones de esta importancia tienen lugar siempre sin mí, por la fuerza de un destino que me conduce, sin que haga falta que intervenga. Para los detalles, soy muy organizado, metódico. Por el contrario, las grandes elecciones de mi existencia, las he jugado a cara o cruz.

N.C.: ¿Utiliza el Yi-Ching a veces?

M.B.: Si, pero no es lo mismo. El Yi-Ching no le dice realmente lo que hay que hacer. Le motiva, le plantea preguntas, le hace ver una cierta realidad. Por el contrario, no sería bueno tomarlo como un oráculo, servirse de él como de un vidente.

N.C.: El libre arbitrio juega sin duda un gran papel en la vida de un artista bajo la forma del empeño, de la voluntad de perfección…

M.B.: Sabe, nuestra época ha abusado mucho de la palabra “artista”. En realidad, los más grandes artistas fueron los artesanos. Los escultores egipcios o los constructores de las catedrales eran hombres que poseían en profundidad una profesión y no tenían la necesidad de colocar su firma sobre una obra realizada según los cánones tradicionales. Más tarde, a la profesión se le añadió la personalidad. La encontramos en el Renacimiento, en personalidades como las de Leonardo o Miguel Angel, sostenidas por una profesión sublime. Después, poco a poco, la personalidad terminó por destruir el oficio. Y ahora tenemos que en nuestra época, la obra de arte no es mas que una firma. No sé si quedan aún artistas, pero por el contrario estoy seguro de que no hay casi artesanos. Dicho esto y para volver a esta pregunta de la determinación en un creador, veo en ello un doble movimiento. Por un lado, nada puede negar la importancia del empeño, que se encuentra en los místicos como en los conquistadores. Pero al mismo tiempo, conviene dejarse llevar por el destino. Por mi parte, establecería una distinción entre querer y decidir. Es capital desear so pena de ser un débil o un dejado. Pero ¿para que necesitamos decidir? El día en que se nos mete en la cabeza “decidir” vamos en contra de la voluntad divina, nos oponemos al movimiento de las cosas. ¿No cree Ud. Que los grandes conquistadores iniciaron su caída el día en que se creyeron libres de decidir?


“Es evidente, que cuestionarse no significa negar lo que se es”


N.C.: ¿Cree Ud. que lo real nos hace señas, nos lanza sin cesar indicaciones?

M.B.: Lo real forma parte de nosotros. En esos grandes momentos que algunos llaman “éxtasis” – pero las palabras, a este nivel no quieren decir nada – la noción de “yo” pasa a ser borrosa: ¿Dónde comienzo, donde acabo, donde acaba la fuente, donde se abre la pradera? Cuando nos encontramos, el otro día en Paris, Ud. me pidió que le hablará de mí. Ahora bien, ¿qué soy yo? No lo sé. Pienso, como todo el mundo, que me identifico con tal o cual aspecto.. el cuerpo, por ejemplo. Pero soy yo realmente este cuerpo? En mi opinión, el hecho de que pueda decir “mi mano” indica que no. Yo digo “mi mano” como diría “mi pantalón”. Y si me cortara la mano seguiría siendo yo mismo…. Entonces, nuevamente, este “yo mismo” donde comienza y dónde acaba? Es además uno de los problemas que me plantea la idea de la reencarnación. Yo creo en ello diciéndome que hacemos de ello una idea demasiado burda. ¿Qué es lo que se reencarna? ¿Quién? He aquí un punto sutil. Creer en la reencarnación tal cual equivale a creer en uno mismo. Y, en lo que a mi respecta, yo no lo veo. Según las leyes de la física, nada es creado, nada se pierde. Mi cuerpo orgánico morirá. Se convertirá en tierra, esta tierra será recuperada por las plantas que introducirán sus raíces. Una muy débil parte de este cuerpo vivirá entonces, digamos, en una fresa. Sirve lo mismo, creo, para el espíritu. Wagner está muerto, su espíritu se ha disuelto. Sería absurdo pretender haber sido Wagner en una “vida anterior”, por el contrario, puede ser que una ínfima parte de lo que el compuso viva hoy en día en mí. Dicho esto, es posible que los seres hayan alcanzado un alto grado de desarrollo espiritual pudiesen, a fin de continuar un trabajo dado, evitar esta disolución natural.

N.C.: Me está hablando de los boddhisatvas

M.B.: Exactamente. Así mismo, observamos que los restos de ciertos santos no se descomponen, como si las vibraciones lo mantuvieran todo entero. Creo que el espíritu de los seres que han alcanzado la iluminación no se disgrega y puede, tal cual, transmigrar en otro cuerpo. Pero ello solo es posible para muy pocas personas y con un fin muy preciso. Estamos lejos del caso de la portera convencida de haber sido Madame de Maintenon (risas).

N.C.: Además, no veo como los seres disgregados y dispersados de su estado animado podrían permanecer intactos a la muerte del cuerpo…

M.B. (riendo): Pues sí…

N.C.: Antes de la pasión por la danza, Ud. la sintió por el teatro, que, como dice en sus memorias, era “la verdadera vida”. ¿Por qué la verdadera vida? La otra era ilusión?

M.B.: Es una cuestión de punto de vista. La realidad es dinámica. Las cosas son reales en tanto deseamos verlas así. Yo me reconocí muy pronto en el teatro, en esta artesanía que me ha permitido aproximarme en su profundidad y se ha convertido para mí, en una vía de conocimiento. Tome por ejemplo a Baudelaire: puedo leerlo durante diez años sin estar seguro de conocerle. Pero si lo pongo en escena – he realizado un ballet sobre el autor de Las Flores del mal – tengo la sensación de haberle conocido particularmente en profundidad, a la vez metafísica y sexualmente. Casi como si le hubiera “conocido” en el sentido bíblico del término. Le hice moverse, hablar, bailar… su sola lectura nunca me habría permitido tal intimidad con el poeta.

N.C.: A propósito de Baudelaire y de la Biblia, Ud. dice haber recibido en su educación “una doble dosis de catolicismo y de Baudelaire”…

M.B.: El catolicismo fue para mí un elemento muy transformador. Fui educado en Marsella en un colegio religioso, el Sacre-Coeur, donde pasé doce años de mi vida yendo a misa todas las mañanas, sin nunca rebelarme. A la vez, mi padre, el filósofo Gaston Berger, me decía: “Todas las religiones valen. Lo conveniente es elegir una y mantenerse en ella. Sobre todo es importante adoptar una muy joven, le evita preferir otra mas tarde. Le libra a aquel que tiene una fe de cambiar en la edad de la madurez; pero quien no tiene religión desde el principio corre el riesgo de no descubrir nunca esta dimensión esencial de la existencia”. Tenía razón. Es un poco, ve Ud., como el hecho de saber nadar. Si ponemos pronto a los bebés en el agua, nadan. Ellos tendrán mas tarde la opción de ver si prefieren practicar el crawl o la brasa mariposa. Pero un adolescente que, a los quince años, tiene miedo al agua, no nadará nunca muy bien.

Es necesario arrojarse a la religión, pues es uno de los valores fundamentales del ser humano, así como es bueno aprender muy joven a leer. Lo veremos muy pronto si devoramos el periódico de la tarde o las obras completas de Kant! Por lo tanto recibí una educación religiosa, pero sobre un fondo de gran libertad. Mi padre acogía todo tipo de gente en su casa, hindús, chinos… para mí, la apertura iba a la par con una formación católica muy estricta y de la cual no me quejo.

N.C.: Ud. adora a Baudelaire, en el cual encontramos a la vez una elevación espiritual y una insistencia en el cuerpo, los sentidos…

M.B.: Hay en Baudelaire, un lado muy religioso, es decir, místico e igualmente una dimensión profética. Algunos de sus textos parecen tan contemporáneos que cuesta creer que fueron escritos en el siglo XIX. En el espectáculo que le consagré, se leían en escena pasajes tales como: “La mecánica nos habrá americanizado tanto, el progreso nos habrá atrofiado tanto nuestra parte espiritual, que nada entre las fantasías sanguinarias, sacrílegas o antinaturales de los utopistas, podrá compararse a sus resultados positivos. Pido a todo hombre que piense en mostrarme lo que subsiste de la vida”. Un espectador de dos vino en seguida a verme a decirme: “Ud. ha modificado los textos, esto no es suyo…” o “El no pudo escribir esto en el siglo pasado”…

Conoce Ud. esta otra frase de Baudelaire: “Aviso a los comunistas: todo es común, incluso Dios”. ¿Sorprendente no? Y sigo descubriéndolo aún todos los días, aunque la obra no sea cuantitativamente muy importante. Pero en cuanto a su calidad… Aborda temas estéticos como los problemas religiosos, es a la vez profunda y frívola, muy conmovedora y secreta

N.C.: Ud tiene en su libro, frases tan duras sobre el desprecio del cuerpo en la religión cristiana…

M.B.: No únicamente cristiana, atención! Es un fondo judeo-cristiano que encontramos en los árabes, en todas tus “gentes del Libro”. En relación al cuerpo, dos actitudes son posibles: sea vejándola bajo pretexto de que es inferior al espíritu o ya sea empleándola como un caballo, para ir más lejos. Cuando se posee un caballo, lo amamos, cuidamos de él, sin por ello dejarlo cabalgar a derecha o a izquierda. Se le guía. Es la vía del yoga en la que se sirve del cuerpo para crecer en espiritualidad. No niego la santidad de algunos místicos cristianos que martirizaron su cuerpo. Sin duda, la negación del cuerpo puede a veces desembocar en cierta mística… Pero lo más a menudo, no provocará mas que importantes traumatismos.

N.C.: Este cuerpo, su cuerpo, Ud. lo ha tratado duramente durante su juventud para llegar a ser bailarín…

M.B.: Duramente, sí, pero como cuando se entrena un caballo de carreras. En su relación con el cuerpo, los ascetas cristianos me hacen pensar en un campesino que tiene un jamelgo al cual no le daría nada de comer golpeándolo además. En el caso del bailarín, el entreno, aunque es muy duro, es también racional y se dirige a un resultado que, pienso, resulta muy bello.

N.C.: Ud. ama la poesía, pero los cuerpos no existen para Ud. cuando leía poemas en el liceo. ¿El cuerpo fue importante para Ud. desde el principio?

M.B.: Tengo un lejano ascendente africano; quizá encuentro en mí instintivamente sus raíces… el presidente Senghor me decía un día que para un africano, el auténtico poeta debía ser capaz de cantar y danzar sus poemas. Lo encontramos también en Nietzsche y Zarathoustra y también en lo que sentía de manera difusa: la visión de un teatro integral. ¡La tragedia griega no era acaso, cantado , bailado y recitado a la vez? En el teatro japonés, el actor es un bailarín y el punto culminante de la pieza siempre es la danza. Ahora bien, en nuestra civilización occidental, hemos alcanzado una técnica muy grande dividiéndolo todo. En cada dominio, vamos lejos, mas lejos sin duda que muchas otras culturas, pero no sabemos después como reunir estos diferentes sectores. Si occidente ha hecho un prodigioso salto tecnológico, a la vez ha perdido ciertas bases tradicionales que son sin embargo, esenciales. De ello proviene el malestar que conocemos actualmente. Dicho esto, seamos prudentes cuando hablamos de Oriente. ¿Qué es entonces el “Oriente” hoy en día? Ya no sabemos muy bien donde está, si existe. Decimos simplemente que hubo una época donde los países habían sabido conservar el sentido de la tradición sin conocer avances tecnológicos, mientras que otros pasaban por la situación inversa. Finalmente, ¿el ideal no sería la reunión de ambos, tecnología y tradición?

N.C.: ¿La danza ha constituido desde el principio para Ud. una forma de transcendencia, de búsqueda espiritual consciente?

M.B.: No, no tomé consciencia mas que muy tardíamente de esta dimensión. Mi primera voluntad era hacer teatro. Adoraba todas las formas de espectáculo, la opera entre otras. Llegué a la danza un poco por azar y me apasioné por ella. Me dijeron al principio, sin duda con razón, que no estaba muy dotado. Es por lo que me empeñé a fin de probar a los demás y a mí mismo que tendría éxito. Animado por esta idea fija, no tuve mucho tiempo de preguntarme por otras cosas.

N.C.: Es entonces a través de la danza que Ud. se abrió gradualmente a la dimensión espiritual?

M.B.: No lo se… Cuando era niño estaba muy abierto a esta dimensión. Después, no la perdí, pero la oculté durante mis primeros años de danza pues me preocupaba únicamente por vencer las dificultades. Durante diez años, me consagré a la conquista de un cuerpo soñado, perdido y encontrado. Pero si la espiritualidad no estaba presente al principio, no habría llegado mas tarde.´

N.C.: Ud. dice que la danza es un fenómeno de origen religioso. ¿No es ello cierto de las otras artes?

M.B.: Naturalmente!

N.C.: ¿Por qué debería encontrar en la danza, mas particularmente, sus orígenes rituales y sagrados?

M.B.: Por encima de las otras artes, la danza reúne diversos componentes: el tiempo y el espacio, por ejemplo, mientras que la música solo está en el tiempo. La arquitectura o la escultura están únicamente en el espacio. A demás, la danza nos permite reunir actividades que ordinariamente se encuentran separadas. Tomemos la actividad física: mucha gente hoy “hacen deporte”, punto final. En otro apartado, pasamos a la actividad emotiva, que puede ser religiosa, amorosa, sentimental. Después tenemos la actividad intelectual. Entonces, el hombre moderno ve su vida dividida: va a la oficina, lugar de la vida intelectual.

En casa, donde la emoción privilegia; después en el terreno del deporte donde se entrega a la actividad física. Ahora bien, la danza exige que se funcione en los tres planos al mismo tiempo: física, intelectual y emotiva. Las danzas tradicionales, de las cuales se tiene la impresión de que son improvisadas, se revelan de hecho extremadamente elaboradas, muy complicadas. Los ritmos bindus, por ejemplo, demuestran matemáticas superiores. Yo mismo, he tenido muchos problemas para dominarlas tras años de estudio. En cuanto a los ritmos africanos, igualmente son muy sutiles. Todos estos ritmos son combinaciones matemáticas. El ritmo hindu es: 1 2, 1234, 1 2 1, 1,1 2 3 … ¿Lo ve? Ello necesita un trabajo intelectual casi científico. La emoción participa, también, pues la danza procede de la emotividad. En cuanto al trabajo físico, es evidente. Utilizamos sus músculos, se traspira, como un corredor a pie. La danza es pues una de las raras actividades en la que el ser humano, de golpe, se encuentra completo. He aquí lo que me parece muy importante.

N.C.: Ello me hace pensar en Gurdjieff y en sus danzas sagradas que implicaban también tanto la cabeza como el cuerpo. Para Ud. la renovación de la danza va más allá de un problema estético: se trata de una apuesta espiritual. ¿Considera entonces haber realizado un trabajo espiritual al renovar el ballet en el siglo XX?

M.B.: Oh, pero si yo no he hecho nada! Todo lo más di el comienzo. Es a los otros a los que les toca hacer ahora.

N.C.: Ud. ha denominado a su escuela de danza Mudra. Esta palabra, en el buddhismo, designa el gesto sagrado…

M.B.: En el gesto bien hecho, encontramos la artesanía. Ver trabajar a verdaderos artesanos me fascina: encuentro tal belleza en la precisión de sus gestos. Podría pasar horas mirando un ceramista. ¿Ha visto a los cocineros japoneses cortar los trozos de carne a una velocidad loca, en estructuras geométricas de una perfección total? Es alucinante. Vemos esta belleza en todas las profesiones técnicas que exigen gestos precisos, eficaces y siempre variados. La religión también se dedica a buscar los gestos justos a través de los diferentes rituales.

N.C.: ¿Por la danza, Ud. tiende a esta perfección del gesto? ¿Se aproxima a la espontaneidad del calígrafo japonés que pasa largo tiempo en meditación antes de hacer un trazo?

M.B.: En cierta medida, si. Los ballets que creo han triunfado, son los que fueron meditados durante mucho tiempo, después ejecutados a una rapidez loca. Algunos coreógrafos me dicen que a veces necesitan 3 meses para hacer un ballet. Ahora, me ha pasado que he preparado uno en tres semanas! Ello provenía de una lenta y profunda preparación.

N.C.: ¿Todo artista no se plantea, en algún momento u otro, lo que Dostoievski llamaba “las preguntas eternas”?

M.B.: No creo que se las plantee en un momento preciso. Están allí desde el principio y uno se las interroga regularmente, todos los días o todos los años. No discierno, en mi vida, un momento en el que diré: “Es hora de aclarar las cosas”. Esta aclaración la hago cada mañana. No es una obra en medio de la cual no me haya parado preguntándome: “¿Qué estoy haciendo y por qué? ¿Debo continuar? No se trata de una tempestad que viene solo una vez en la vida. Es una crisis permanente, con sus altos y bajos.

N.C.: Los viajes, a veces, hacen de catalizadores. Su primera estancia en India, creo que fue un choque…

M.B.: Si, Calcuta me pareció insoportable. Esta ciudad constituye sin embargo un caso particular y no es en absoluto representativa de India. Esta ciudad repugnante fue construida por los ingleses y la conmovedora miseria que reina allí es también, en gran parte, una recaída de la política occidental. Se trata de un fenómeno aislado. Una vez sobrellevado el choque, India me ha nutrido, cambiado, pero en lo que no sabría decir ahora, porque estas influencias fueron digeridas, forman ahora parte de mí. La foto de Ramana Maharsbi, por ejemplo, la tuve durante diez años en mi oficina. Hay miradas que,.,. pero ello, Ud. lo sabe, es inútil hablar de ello.


“La actitud interior es esencial, el hecho de unir el pensamiento a la respiración y al movimiento…”



N.C.: Un maestro hindú le aconsejó hacer de la danza un yoga…

M.B.: El yoga consiste en servirse de ciertos movimientos físicos para dominar y abrir el cuerpo pero sobre todo para transformarlo y hacer de él un aliado del espíritu. Bien realizada, la danza no es otra cosa. Cuando este maestro me vio trabajar, me dijo “¿Por qué buscar otro método? Ud. ya tiene uno, transfigúrelo por la espiritualidad”. El movimiento en sí mismo no es tan importante, la actitud interior es esencial, el hecho de reunir con intensidad el pensamiento a la respiración y al movimiento…

N.C.: Todo bailarín deseoso de ejercer bien su trabajo logrará necesariamente estar en un estado de presencia en sí mismo,, y sin embargo, no todos se han transformado…

M.B.: Ya sabe, eso pasa en el inconsciente… Los bailarines son diferentes de los demás seres. Es por eso por lo que prefiero vivir con ellos más que con personas extrañas a la danza. Incluso aunque digan no tener ninguna preocupación espiritual, se parecen a los monjes, más en todo caso que los miembros de otras profesiones artísticas…

N.C.: Es suficiente con mirar la habitación en la que nos encontramos para adivinar hasta que punto Japón le ha marcado…

M.B.: En Japón, yo tuve la impresión de encontrarme en casa. Es uno de esos extraños lugares del mundo donde la manera de ser, de vivir, no tiene para mí nada de exótico sino que me parece, por el contrario, familiar, perfectamente natural. Aquí incluso, duermo en tierra, mi colchón está en el armario y lo saco por la noche. Cuando a los 19 años llegué a Paris para trabajar en la danza, tenía un poco de tiempo libre y se me metió en la cabeza aprender japonés. Fui a la escuela Berlitz donde me dijeron con cierto aire estupefacto: “No tenemos profesor de japonés, pero vuelva a llamar mañana”. Al día siguiente habían dado con un viejo maestro, un señor japonés muy anciano que me propuso ir a hacer el curso en su casa puesto que era su único alumno. Él me explicó entonces los estrechos lazos que unían la lengua y la escritura y me dijo: “Si Ud. quiere aprender a hablar, es necesario aprender a escribir”. Estaba dispuesto a lanzarme a la caligrafía. Sacó diez hojas de papel, hizo un trazo y me rogó que hiciera lo mismo. Hice el trazo, que me hizo rehacer, sin cesar. Durante un mes, mis lecciones de japonés consistieron en hacer un trazo sobre una hoja de papel blanco. Era un poeta, me invitaba a tomar el té con su mujer, una dama muy mayor y me leía poemas en japonés. Fui también a una conferencia, apasionante, que se dio en el Museo Guimet. En fin, pasados dos meses, tuve que partir de gira. Volví seis meses mas tarde para enterarme de la muerte del anciano. Esta fue mi primera experiencia de Japón. ¿Por qué tuve la idea, al llegar a Paris, de aprender japonés? Después, la llegada de las primeras películas japonesas constituyó para mí una revelación. Viendo esas imágenes, me reencontraba conmigo mismo. Me apuré en devorar la literatura japonesa traducida disponible, obras de historia, de filosofía… Por consecuencia, no me sorprendió mucho cuando fui por primera vez a Japón. Digamos que los edificios de Tôkyo me sorprendieron tanto como las ceremonias shintô!

N.C.: Creo que Ud. ha frecuentado muy de cerca al maestro zen Taisen Deshimaru..

M.B.: Si, y fue para mí un amigo extraordinario. Nos comunicábamos de manera muy especial. Cuando di en París la Misa por el tiempo presente, tras haberla creado en Avignon, dije a Deshimaru cuan feliz me haría tenerlo como espectador de este ballet. Me respondió: “De acuerdo, pero me gustaría estar en la escena”. Durante toda la representación, yo estuve de rodillas en un rincón del escenario y marcaba el ritmo de la acción con la percusión. Deshimaru se instaló a mi lado y permaneció sentado en meditación durante las dos horas del ballet. Lo amaba profundamente. Ciertamente ha influido mucho en mí desde el punto de vista espiritual, pero sin que nunca me pesase… seguimos vía paralelas y se transmitieron tantas cosas entre nosotros a través de la risa, la mirada, la amistad. Yo iba a verle en cada una de mis pasadas por Paris. Aún me veo llegando al dojo a no importa qué hora… Me veía y gritaba: “Béjart está aquí. Champagne!”. No se por qué me había asociado con el champagne, yo , que no bebo nunca. Tenía que adaptarme a ese rito. Si, mi aprecio por él era real, intenso… Estando enfermo, me curó por unos masajes extraordinarios. Después me inició en el zazen, comparamos algunos movimientos de danza en la práctica zen de la marcha ritual… Pero lo que dominaba sobre todo, era este sentimiento de profunda amistad.

N.C.: Ud. escribió que el zazen le daba todo lo que Ud. buscaba en la danza…

M.B.: Lo que podría parecer absurdo ya que el zazen se practica inmóvil. Pero esta inmovilidad del zazen es de lo más dinámica, reposa sobre una tensión de arriba a abajo que paradoxalmente, desemboca en la verdadera relajación. De hecho, habría mucho que decir pero no me gusta hablar de estas cosas, no encuentro las palabras. Finalmente, sin duda sería mas interesante hablar de esta habitación que entretenerse en mí porque precisamente no creo en ese “yo”! Ve, la vida pública me parece a menudo insoportable, aunque se que es indispensable. Para subsistir, me sirvo del mito hebraico del golem. Construyo un golem llamado Maurice Béjart y lo envío a hacer su trabajo, pero no me concierne. Este golem está en las entrevistas, hacer melindres en la televisión, sin que me identifique con él.

N.C.: Entonces, le tomo la palabra, hablemos de esta habitación que debe efectivamente tener mucho a decir.

M.B.: Encantado. ¿Ha visto Ud. este rosario? Nunca había visto uno parecido. Me encontraba en el hall de un hotel de Tôkyo donde un monje se encontraba sentado con este rosario en las manos. Yo esperaba a alguien, daba unos cien pasos y mis ojos no cesaban de volverse hacia este rosario que me parecía fascinante. El monje se levantó mi amigo llegó, hablamos y cuando me di la vuelta, el rosario estaba aún allí, sobre el asiento, pero su propietario había desaparecido. Tomé el objeto, dije al conserje del hotel que lo guardaba en mi habitación a disposición del monje. Como este nunca vino a reclamarlo, lo he mantenido…

N.C.: Veo espadas en un rincón.

M.B.: Si, hay inclusive una pequeña espada de hara-kiri. Y aquí un altar shintô. Sabe que el espejo en el cual el shintô ve una imagen de la divinidad, es un símbolo esencial en todas las religiones. Para los sufís, por ejemplo, el espejo como la divinidad, está completamente vacío y, a la vez, contiene todo. Además, el espejo permanece intacto. A pesar de todo lo que se refleja en él permanece siempre virgen. Quizá el shintô es el fundamente de la religión universal…

N.C.: Se dice que se convirtió al islam… pero me parece que a Ud. no le gusta hablar de ello…

M.B.: En efecto, en la medida en que el islam se presta actualmente a muchos equívocos políticos y religiosos. En todo caso, asimilar el islam a Khomeini es como reducir el catolicismo a Felipe II, ese rey de España tan sectario. Es también de lo más absurdo pues el islam es sin duda una de las religiones mas tolerantes. No dijo Ibn ‘Arabi :”Mi corazón es la Meca, mi corazón es la Thora, mi corazón es la cruz”… El llevaba en su corazón todas las religiones sin por ello hacer sincretismo! Pero ¿para que hablar de todo ello? Lo importante es vivirlo.

N.C.: ¿Ud. sigue la enseñanza de algún maestro particular?

M.B.: Fui discípulo de un maestro, pero ya no está en este mundo. Después continué con su hijo. Pero actualmente, no sé donde se encuentra. Desapareció… No sabría decir.

N.C.: ¿Cree Ud, como los hindús, en la posibilidad de una liberación interior definitiva?

M.B.: En algunos momentos, muy furtivos, llegamos a esta liberación. Me pasa en mi trabajo, sentirme totalmente liberado de mi cuerpo, del tiempo, de los seres… de todo (en este momento, Béjart fija su mirada en un kyosaku, un bastón empleado por el maestro zen para estimular las energías de los que meditan. Sin duda se ha dado cuenta de mi propia mirada atraída por este objeto situado en un rincón. Aprovecha entonces la ocasión para volver a hablar de las cosas que nos rodean). ¿Ve este kyosaku contra la pared? Es un regalo de Deshimaru.

N.C.: ¿Le ha golpeado con él?

M.B.: Y tanto! (risas) La primera vez que hice zazen, tenía un kyosaku en la mano. Éramos cinco o seis alumnos en un dojo muy pequeño. Vino hacia mí, me tanteó los hombros y se fue. Después le vi, no sin espanto, volver con un kyosaku dos veces mas grueso! Y pan! (risas) Ah, el kyosaku… es fantástico. Aquellos que lo consideran como un castigo no lo han comprendido. Un buen golpe de kyosaku procura tanto bienestar… Sabe que yo no viajo nunca sin mi Kesa (habito del Bouddha, habito del monje, símbolo del maestro a discípulo), este kesa dado por Deshimaru y sobre el cual él mismo escribió con pincel fragmentos de textos buddhistas.

N.C.: Conserva muchos recuerdos aquí: caligrafías en la pared, por ejemplo…

M.B.: Si, tengo también algunos abanicos… está tan presente…

N.C.: Al llegar a este apartamento con la idea de visitar a un musulmán, no deja de sorprenderme: todo aquí evoca al Japón

M.B.: Es exacto que vivo a la japonesa, con una mezcla de shintô y buddhismo, haciendo mis plegarias islámicas.. Diciendo esto, mido hasta que punto estas frases pueden parecer folklóricas, sin seriedad, mientras que de hecho… es por ello que no es necesario hablar. Todo esto es indecible.


EL GUSTO DEL TÉ Y LA DANZA



Con estas palabras; entiendo que la entrevista se ha acabado. Béjart, entonces, se levanta y me propone un té. Antes de alcanzar la escalera para ganar la cocina, toma tiempo para mostrarme diversos objetos que tiene y con un valor espiritual para él. Tomo en mis manos el kyosaku y los abanicos ofrecidos por Deshimaru, miro con atención el kesa cuyas inscripciones me comenta mi huésped. Pasamos entonces a la biblioteca donde abundan las obras de espiritualidad, entonces descendemos para instalarnos en una mesa preparada ante un ventanal vidriado. Béjart prepara él mismo el té y me sirve en unos boles japoneses. Hablamos de Baudelaire, de los gatos que acuden a unirse a nosotros y por los cuales Béjart siente un amor no disimulado. Me habló sobre su timidez, la angustia que le atenaza a veces cuando no trabaja y me invita a asistir al ensayo de esta tarde.

Una vez acabada la mañana, lo siento ya entregado a la creación. Tan pronto acabamos el té, me eclipso a fin de dejarlo prepararse.

Palacio de Beaulieu. Los acentos de una música eslava me guían hasta el estudio donde encuentro a Maurice Béjart, en su lugar sobre una silla ante el espejo.

Aunque conozco el ambiente de los bastidores del teatro, nunca había visto a los bailarines ensayar. El neófito que soy se encuentra propulsado a un universo mágico, regido por otras leyes. Los jóvenes filiformes, en jeans y en chándal, deambulando de aquí para allá, después de repente se lanzan y parecen reírse de la pesadez de sus cuerpos. En un rincón, una mujer descansa sobre una pierna y mira la otra elevada fumándose un cigarrillo, con una naturalidad desconcertantes. Maurice da una palmada y la música acaba, unos y otros cesan de hacer piruetas y atienden a las direcciones del maestro. Después vuelve la melodía y con ella el trabajo, sin parar. No lejos de mí está sentado un hombre cuyo aspecto y su bello rostro fatigado, no rasurado, le dan el aire de haber salido recién de la cama. Vestido con un albornoz, con un cigarrillo en la mano, Jorge Donn observa. Se quedará así toda la tarde, casi sin decir nada.

La transpiración corre por los brazos y las frentes. Las pausas son breves, muy breves. Llegué hacia las quince horas, es decir dos horas después del principio del ensayo. Todo acabará alrededor de las ocho horas.

20 h 30. Maurice Béjart me deja en la ciudad con un taxi. La jornada ha terminado, ahora está solo con su fatiga y la plenitud del esfuerzo llevado al límite.



[Traducción hecha por M. Morales de la entrevista realizada por Gilles Farcé de Nouvelles Clés al bailarín y coreógrafo francés Maurice Béjart. Disponible en   http://www.nouvellescles.com/article.php3?id_article=348]

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