La decisión de Constantino I, emperador de Roma, de
promover el cristianismo a religión de estado no significó en modo alguno que
la población (fiel a sus tradiciones) aceptara esta nueva religión desde el
primer momento y se resistiera a seguir manteniendo el culto al panteón
tradicional o a otras religiones venidas de oriente.
Por otra parte, a resultas de la expansión colonial
griega, el pensamiento griego llegará al imperio, no obstante, el romano, mas
preocupado en la praxis del rito como vínculo social que en la especulación
filosófica, no estará particularmente interesado.
A caballo entre los siglos IV y V, la llamada Edad
de los Padres, el cristianismo pasará por dos Concilios (el de Nicea y el de
Calcedonia) y cristalizará en un movimiento de evangelización mas allá de las
fronteras del imperio y de estructuración de los ritos acabando con la
separación de las dos iglesias de Roma y Bizancio, favorecida por la caída del
Imperio Romano de occidente tras la llegada de los pueblos bárbaros. No por
ello, cesarán las divergencias en cuanto a dos temas centrales: la Trinidad y
la divinidad del Cristo.
Agustín de Hipona (354-430) nacerá en un ambiente ya
marcado por la personalidad de su madre, Santa Mónica; sin embargo y
contrariamente a lo pensado, Agustín acabará adscribiéndose en el Maniqueísmo
en su búsqueda de la verdad. Desencantado volverá al cristianismo y se dedicará
al estudio de la herencia filosófica griega.
La época de Agustín es un periodo en el que los “padres
de la iglesia” necesitarán fortalecer las bases del cristianismo occidental
contra las distintas doctrinas que puedan debilitar el poder de la iglesia y del
estado. No se trata solo de una cuestión de fe sino de política y poder. En un
mundo en el que las guerras son una constante, la idea del mal choca contra la
de un Dios justo y bueno. Agustín dirá que de Dios solo puede surgir el bien y
la luz y que el mal o el dolor son debidas a la privación o pérdida del bien de
la cual Dios no es responsable, sino el hombre al ir en contra del orden
natural de las cosas.
La idea de dos fuerzas contrarias, el bien y el mal,
tal como eran concebidas por algunas tradiciones de oriente (como el
maniqueísmo), es contraria a la idea de un dios único. Solo hay una realidad,
por ello, el mal no corresponde a ningún arquetipo.
Si el hombre sabe emplear su libertad respetando el
orden de las cosas, la autoridad sobre la voluntad, entonces podrá alcanzar la
paz. Pero esta libertad no le hace independiente de Dios, pues Dios al
encontrarse fuera del tiempo (que es también creación) conoce todo lo que pasará
y como.
El ser humano puede llegar al conocimiento de este
orden gracias a la fe, es la fe el camino hacia la comprensión. Esta vía es un
camino de conversión, es decir, volver la mirada del exterior al interior de
uno mismo, de hecho, este proceso podría bien recordar de algún modo a la
máxima de Delfos “Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses.”
Esta mirada hacia uno mismo, le hará descubrir su
propia esencia, el viaje es un viaje desde las percepciones sensoriales que nos
confirman que somos seres existentes, pasando por el descubrimiento o
conocimiento de lo que uno es en realidad. Agustín de Hipona emplea el concepto
de Iluminación de Platón para describir este proceso de autoconocimiento que
nos llevará finalmente a la primera verdad, que es amor eterno ya que el hombre
es a imagen de Dios. Solo gracias a este acto divino de iluminación el hombre verá
recompensada su fe con la comprensión de las cosas.
La Patrística seguirá intentando armonizar razón y fe
en su argumentación e interpretación de los textos dando paso a la Dialéctica o
arte de la disputa. Esta dialéctica se hará cada vez más necesaria a partir de
la llegada a Europa de nuevas traducciones de Aristóteles, desconocidas hasta
entonces, a través del islam.
Sin embargo, este Nuevo Aristóteles vendrá traducido
a la luz de dos visiones diferentes, representadas principalmente por:
-
Ibn Rushd o Averroes (m. 1198) por el islam sunní ortodoxo,
mayoritario y de marcada literalidad ante los textos sagrados (en este caso el
Corán); aunque Ibn Rushd intentará demostrar cómo la revelación coránica no solo
autoriza el pensamiento filosófico sino que además, animará el uso de la razón.
Propone una teología alternativa que será rechazada por los mismos doctores de
la ley musulmanes.
-
Ibn Sina o Avicena (m. 1037) por un islam impregnado
de tradición persa y metafísica oriental y que dará pie al Agustinismo
aviceniano que intentará concordar la teoría de la iluminación de Agustín con
la teoría del intelecto agente de Aristóteles.
El encuentro ya no es solo con el pensamiento griego
y la problemática que pueda significar a la fe vista por la razón, sino también
con la relación tensa entre razón (Falsafa) y literalidad (Kālam) que surgirá
ya a partir del siglo IX en el seno de la comunidad musulmana y que planteará
nuevos posicionamientos en la Europa del s. XIII haciendo probablemente más
patente la discusión sobre los dogmas de fe cristianos[1].
Anselmo de Canterbury (1033-1109) siguiendo las
reglas de la dialéctica será un continuador del pensamiento agustiniano, y por
ello, se situará no muy lejos del platonismo. Para él la filosofía es una ayuda
para comprender la fe, solo hay una verdad, la revelada por Dios; pero la razón
puede reforzar esta fe, acuñando la expresión "Neque
enim quaero intelligere ut credam, sed credo ut intelligam. Nam et hoc credo,
quia, nisi credidero, non intelligam. "[2]. Será uno de los iniciadores de la escolástica.
Para defender la existencia de esa verdad única, se
servirá de la figura del insensato de los Salmos 14,1 :”El débil (insensato)
dirá en su corazón, no hay Elohîm!”[3].
Siguiendo las reglas de la dialéctica en primer
lugar, definirá que es Dios, y al igual que veremos en el pensamiento de
Descartes tres siglos mas tarde, afirmará que Dios es lo mas grande sobre lo
que uno pueda pensar, si somos capaces de pensar que es algo superior a lo que
nuestro pensamiento nos permite, entonces es que existe “Pero cuando me oye decir
que hay algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, este mismo
insensato entiende lo que digo; lo que entiende está en su entendimiento,
incluso aunque no crea que aquello existe... Y ciertamente aquello mayor que lo
cual nada puede ser pensado, no puede existir sólo en el entendimiento. Pues si
existe, aunque sólo sea también en el entendimiento, puede pensarse que exista
también en la realidad, lo cual es mayor.[4]”
Poco a poco filosofía y teología comienzan a
separarse, entre los partidarios a esta separación se encontrará Tomás de
Aquino (1225-1274), quien considerará que en tanto que la filosofía se basa en
la razón y tiene como objeto de estudio la
naturaleza, la teología que parte de la autoridad tiene como objetivo
Dios. El dominio de la fe no puede ser argumentado filosóficamente pero si
existen concordancias entre ambas, ya que la verdad nunca puede contradecir la
verdad y la filosofía no puede argumentar verdades contrarias a la fe.
Así Tomás de Aquino intentará demostrar la
existencia de Dios a partir de los efectos que tiene su intervención en el
mundo. Siendo que la existencia de Dios
es cuestión fe, no puede ser demostrable pero como se dice en Rom 1,20 : “Si,
desde la creación del mundo, lo que es invisible ha sido claramente contemplado
a través de sus obras”[5]. Lo que es causado, es
causado por algo o como resultado o efecto de algo que es previo.
Influido por Aristóteles, adoptará la teoría
hilemórfica y la aplicará a la teoría del ser donde Dios es la causa de todo.
También en lo que respecta a su teoría del conocimiento, según la cual se
comienza con la experiencia sensible y se acaba con la abstracción que
posibilita el conocimiento de lo universal, considerando la teoría de Platón de
la iluminación y la pluralidad de formas como contrarias a la fe ya que no
pueden ser argumentadas filosóficamente.
Tras la muerte de los dos representantes mas
importantes de este pensamiento, Tomas de Aquino y Bonaventura se emprenderá
una batalla contra el Nuevo Aristóteles, principalmente en su traducción averroista
por estar, en comparación con la de Ibn Sina, mas cargada de crítica racional.
Este rechazo será el detonante de la definitiva
separación de la teología y la filosofía permitiendo posicionamientos menos
subordinados al enfoque religioso, pero por otra parte, tampoco se podía negar
la existencia del Nuevo Aristóteles. De este modo y de manera más crítica Duns
Escot (1265-1308) aunque aproximándose al pensamiento agustiniano sobre la
imposibilidad de la filosofía para explicar la metafísica, es la fe como
conocimiento intuitivo la que da luz sobre el misterio; considerará el estudio
del texto sagrado bajo el prisma aristotélico de la crítica positiva. Es la
voluntad la que prima sobre el intelecto.
Guillermo de Occan (1280-1347) retoma desde un ángulo
de visión nuevo, la disputa entre ambas ciencias argumentando y acotando la
filosofía a través de la misma dialéctica filosófica.
Occan considera que la manera más eficaz es evitar
el exceso de justificaciones y argumentaciones, es decir, la especulación innecesaria.
Si hay dos afirmaciones sobre las cuales se afirma la relación, la manera de
demostrar su veracidad es comprobando si separadas pueden ser motivo de
contradicción, es decir, si un fenómeno puede explicarse sin suponer entidad
hipotética alguna, no hay motivo para suponerla.
Aristóteles creía en una fuerza supernatural hacia
la cual tienden los seres humanos,
basándose en la teoría de las Cuatro Causas según la cual todo existente
requiere una cuádruple explicación:
1ª causa material: ¿de qué esta hecha?
2ª causa formal: ¿qué hace?
3ª causa eficiente: ¿qué la hace moverse?
4ª causa final: ¿por qué o para qué hace lo que hace?
La cuarta causa será identificada generalmente como
la divina providencia, según la cual todo lo que ocurre es parte del Plan divino.
Ockham en su intento de separar la teología de la ciencia y de la especulación
filosófica argüirá que “Si aceptase que no hay autoridad, podría decir que
no se puede probar ni las afirmaciones conocidas por si mismas o de la
experiencia de que cada efecto tiene una causa final.” (Quodlibetal
Questions, pp. 246-9)[6]
Si Dios no existiera habría un retroceso infinito,
pero los retrocesos infinitos son imposibles.
Por ello, Dios debe existir.
El ser humano, al igual que dirá Tomas de Aquino, es
capaz de captar la realidad a través de una cognición intuitiva, de este modo
la unicidad de Dios es confirmada porque solo existen los individuos, los
universales solo son producto de la abstracción de conceptos o nombres por
parte de la mente humana y no tiene existencia propia (lo que le sitúa mas
entre los conceptualistas mas que entre los nominalistas), por ello Dios en
omnipotente y además no hay contradicción en él, lo que decide ya es bueno y la
razón no puede entrar en su dominio.
En este aspecto, Occan sigue mas el pensamiento
aristotélico que el de Platón alejándose del concepto de ideas arquetípicas.
Razón y Fe estarán en constante relación de disputa
y maridaje, por un lado un cierto temor a perder el apoyo (aunque sea
imaginario) de las “verdades” que la fe ofrece para la salvación como individuo
pero también como miembro de una colectividad, no en vano en el medioevo, aquel
que se alejaba de la iglesia se alejaba también de la sociedad; por otra, el
hombre no puede dejar de lado el intelecto. Consciente de su capacidad para
discernir, comprender y sobre todo, la necesidad de buscar, descubrir y
trascender.
[1] Corbin, Henry, Historia de la filosofía islámica, ed. Trotta
[2] “No busco comprender lo que ya creo, pero creo lo que debo comprender”
en http://www.thelatinlibrary.com/anselmproslogion.html
[3] Chouraqui, La Bible, pg. 1124, Ed.
Desclée de Brouwer, 1989
[4] Biografía de San Anselmo de Canterbury, en www.webdianoia.com
[5] Chouraqui, La Bible, pg. 2186, Ed. Desclée de Brouwer, 1989
[6] En http://www.iep.utm.edu/o/ockham.htm


No hay comentarios:
Publicar un comentario