lunes, 6 de junio de 2011

Sobre los ángeles y espíritus afines (1)


ANGELES Y ESPÍRITUS MEDIADORES
Nº 71-72 Año 2004
Connaissance des Religions 
Traducción de Hawwa Morales



EDITORIAL

Durante el último decenio del siglo XX, el paisaje cultural francófono ha sufrido una avalancha de publicaciones consagradas a los ángeles. Ello es, en gran parte, el efecto de una oleada editorial venida de ultramar, traída por la corriente de la “New Age”, movimiento sincrético y neo-espiritualista que supuestamente responde a las aspiraciones de una humanidad en marcha hacia la famosa “era de Acuario”, tierra prometida de una nueva era dorada.

Entre narraciones de apariciones celestes en el umbral de la muerte, rituales de invocación de los nombres hebraicos de los ángeles, manuales neo-cabalísticos pretendiendo conducir a un mejor conocimiento de uno mismo y del futuro, y confesiones del tipo “mi ángel guardián existe, le he encontrado”, el lector ya no sabía por donde empezar. Se ha llegado a proponer incluso, ciclos de conferencias: “como ponerse al nivel de su ángel… “ o respetados seminarios que permitirán al cuadro ejecutivo en estado de stress dialogar con su ángel, y seguir sus juiciosos consejos, a fin de “estar en forma optima”, para mayor felicidad de la empresa, naturalmente. Como siempre que eclosiona un neo-espiritualismo, todo se viste de colores angélicos: la búsqueda de poderes mágicos y ocultos, la astrología vía los ángeles planetarios, el simbolismo de los colores, las medicinas blandas, etc. El éxito de esta moda fue tal que los ángeles han servido durante muchos años de material para la literatura, el cine, la publicidad, la alta costura o la industria del perfume, invadiendo los anuncios publicitarios y las páginas de las revistas. ¿Que queda de todo ello? No gran cosa, gracias a Dios, bien es cierto que lo que es sincrético y fabricado no puede durar y que todo bricolage intelectual contiene en sí mismo su propio fin.

Esta “angeolofilia” de finales del siglo XX solo resulta ser un fenómeno sociocultural singular, que remite a las nostalgias y las esperanzas del hombre contemporáneo, perdido entre un universo que está a punto de abandonar y otro que aún no ha llegado: nostalgia de un universo espiritual poblado de criaturas luminosas, puras y benefactoras, nostalgia de un mundo “encantado”, sembrado por lo Absoluto; espera de figuras mediadoras capaces de elevar el alma, de venir en su ayuda, de liberarla de las tinieblas de este mundo, de guiarla por el camino del conocimiento y en caso necesario, de interceder en su favor. Los ángeles muy a menudo han tomado el lugar de un Dios considerado muerto o desaparecido, un Dios cuya imagen se ha enturbiado y del cual ya no se sabe bien lo que es ni lo que hace.

Así es, esta vuelta del ángel no ha remitido a ningún Dios, a ninguna tradición revelada, se ha presentado con mayor frecuencia desconectada del fondo bíblico y coránico, o si no, a través de imitaciones de la Cábala judía y las ciencias ocultas. En relación a la primacía dada a la experiencia del rencuentro con el ángel, esta aproximación se vio confirmada por la eclosión de una iconografía privilegiando la imagen greco-latina del efebo desnudo o el niño alado. El vacío doctrinal y el bricolage sincrético característicos de la “New Age” han hecho aparecer al ángel como una forma pura, un envoltorio susceptible de ser rellenado de aspiraciones a “otra” vida y a un conocimiento espiritual. Ya no es la Revelación la que le da su sentido, sino el individuo que la construye a su medida. De ello resulta una temible ambigüedad: sobre la forma angélica pueden proyectarse tantos fantasmas y voluntades de poder como aspiraciones auténticas. Los ángeles han sido, a veces, asimilados a extraterrestres o a los “superiores desconocidos”…

La necesidad, bien comprensible, de un mundo poblado de seres luminosos, atentos al hombre, es como el reverso positivo de la negrura de las almas, de la melancolía ambiental, de un mundo contemporáneo del cual se teme confusamente el desastroso final. Pero la aspiración a la vida celeste, a la protección espiritual, al conocimiento verdadero, no es suficiente, evidentemente, para restaurar una perspectiva tradicional, y mucho menos una angeología.

Ha llegado pues, el momento de retomar el examen de la figura angélica, restituyéndola a la estructura religiosa de la que depende, revelando sus riquezas espirituales y sus apuestas intelectuales. ¿No es urgente cambiar la visión del mundo, de dar a la Realidad toda su densidad, su complejidad y su misterio, renovando los lazos rotos entre el hombre y lo divino? Filósofo, orientalista, especialista de las teosofías del Islam iraní, Henry Corbin (1903-1978), a quien está dedicado este volumen con ocasión del centenario de su nacimiento, ha mostrado la vía de manera magistral. No dejó de proclamarlo con fuerza: no puede haber un verdadero monoteísmo sin angeología, sin proclamación de la transcendencia divina por los mensajeros celestes, sin manifestación de Dios en múltiples teofanías angélicas. A la inversa, sobre el plan antropológico, no puede haber un verdadero conocimiento espiritual sin ascenso del alma y rencuentro con su ángel.

Es necesario así mismo subrayar un punto esencial: la angeología concierne a las tres grandes religiones monoteístas; es el terreno privilegiado de un trabajo intelectual al servicio de un verdadero ecumenismo espiritual. Efectivamente, para el judaísmo, el cristianismo y el islam, los ángeles forman la primera creación, zócalo inteligible del mundo psíquico y sensible; este mundo angélico provee la imagen de un universo ordenado y jerarquizado, compuesto de múltiples grados de realidad, a los cuales corresponden los estados de conocimiento. Pues cada ángel es un espejo de la Divinidad, definido por aquello que recibe de luz divina y por lo que de ella transmite. Este mundo lleno de inteligencias está íntimamente unido al cosmos y por consecuencia, a la humanidad que le es confiada. Forma eminente de manifestación de Dios en el judaísmo y el islam, el ángel está subordinado al Verbo encarnado en el cristianismo. Anunciador de misterios de la Revelación, vincula la palabra del Cristo y se pone a su servicio. Prototipo de vida espiritual, canal de alabanza y glorificación, el ser celeste que se nutre de Dios, es el modelo que los hombres prendados por la vida contemplativa deben imitar. Iniciador, guía, intérprete de visiones espirituales, es el guardián y servidor del alma, que sostiene en su combate cotidiano contra el Adversario y que sabe anularse, una vez cumplida su misión, ante la Presencia divina.

Sin embargo, las tradiciones monoteístas no tienen el patrimonio de los seres mediadores. Desde un punto de vista histórico, si el ángel es una figura semítica en su origen y su desarrollo, no hay duda de que ha sufrido la influencia de tradiciones indo-europeas, persa y helenística principalmente. Sobre el plano metafísico, se puede ir mas lejos: si el Absoluto se manifiesta en múltiples figuras mediadoras, estas se encuentran necesariamente presentes en todas partes, bajo formas y nombres diversos, sea cual sea la galaxia espiritual en la cual se sitúa y que define su naturaleza, su personalidad y funciones. Es pues legítimo abordar las tradiciones orientales e integrar en este volumen el estudio de las divinidades del budismo, en una perspectiva comparatista completamente estimulante.

Contra los estrechos fundamentalismos y el neo-espiritualismo que nos rodean, es importante hacer un trabajo útil abrevando de las fuentes de las grandes tradiciones y extrayendo las vías de un verdadero ecumenismo espiritual, mostrando la importancia de los seres mediadores y su fecundidad simbólica, restaurante el lazo indisoluble entre tradición y revelación, entre grados de conocimiento, niveles de realidad y teofanías.

La Dirección


LA FE DE HENRY CORBIN
“TIERRA - ANGEL – MUJER”
Jean MONCELON

La Fe de Henry Corbin es la fe de un gnóstico, para quien la gnosis es “un conocimiento salvífico por sí mismo”. Esta Fe es “Tierra - Ángel – Mujer”, como escribirá el 24 de abril de 1932, al borde de un lago de Dalécarlie : “Todo esto es una sola cosa que yo adoro y que está en el bosque. El crepúsculo sobre el lago, mi Anunciación. La montaña: una línea. ¡escucha! Va a ocurrir algo, si. La espera es inmensa”.

La Tierra de la que habla, la Tierra de la Fe de Henry Corbin, es la Tierra celeste, el “mundo intermedio” entre el Cielo y el mundo terrestre.

Es el Mundo del Ángel.

El Ángel

El día en que murió Henry Corbin, Mircea Eliade escribía en su Diario, en fecha 7 de octubre de 1978: “Henry no ha sufrido. Murió con serenidad, tan confiado estaba de que su ángel guardián le esperaba”.

En efecto, es conveniente entender la naturaleza de este “ángel guardián”, que es, para Henry Corbin, “el ángel del alma encarnada”, y precisamente en esta circunstancia de su muerte, “la Figura celeste que se presenta cara a cara ante el alma en la aurora de su eternidad”. Por otra parte, hablará también de los Fravartis, como los “ángeles guardianes”. Añade que no obstante, todo ello es “a condición de concebir al ángel guardián como el polo celeste, el Yo celeste de un ser cuya totalidad es bipolar, constituida una bi-unidad, a saber, la de una forma terrestre y una forma celeste que es su contrapartida superior” .

Conocemos las admirables páginas que consagró a la figura de Daênâ, “el Ángel tutelar” y a su encuentro post-mortem con el alma humana: Ante la interrogante del alma maravillada, preguntando “¿Quién eres pues?” a la joven que avanzaba a la entrada del Puente Chinvat y cuya belleza resplandecía mas que cualquier otra belleza jamás vista en el mundo terrestre, ella responde : “Yo soy tu propio Daênâ”, - lo que quiere decir : soy en persona la fe que has profesado y la que te la inspira, aquella por la que has respondido y aquella que te guiaba, aquella que te reconfortaba y aquella que ahora te juzga, pues soy en persona la Imagen propuesta a ti mismo desde el nacimiento de tu ser y la Imagen querida finalmente por ti mismo (“yo era bella, tú me has hecho aún más bella”).

Estas líneas describen de alguna manera por anticipación, la ultima visión de Henry Corbin, en el momento en que dejó la manifestación terrestre.

Daênâ es pues, el Ángel de la Fe de Henry Corbin, y en tanto que ella es también “la Idea celeste” de todo ser humano, aparece como el secreto de Henry Corbin, como él mismo dirá a propósito de Ibn ‘Arabî: “Lo que un ser humano alcanza en la experiencia mística, es el “polo celeste” de su ser, es decir, su persona tal como es en ella y por ella, el Ser Divino desde el origen de los orígenes, el mundo del Misterio se manifiesta así mismo y se hizo conocer por ella bajo esta Forma que es asimismo la forma bajo la cual el mismo se conocía en ella. Es la Idea o mas bien el “Ángel” de su persona cuyo yo presente no es mas que el polo terrestre”.





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