sábado, 11 de junio de 2011

Vila-Matas Pictórico (una conversación en las afueras de la mansión literaria)

Retrato de Enrique Vila-Matas realizado por Pablo Gallo


VILA-MATAS PICTÓRICO
(Una conversación en las afueras de la mansión literaria) 
por Álex Nortub 

20 de octubre de 2010. En un café de la Diagonal (Barcelona)
Tras atendernos con una amabilidad desmedida y servirnos lo que acabamos de pedir, el camarero nos interrumpe cada dos por tres con absurdas preguntas sobre el estado de nuestras consumiciones. Por un instante temo que pretenda sabotear la entrevista. Supongo que es una de esas situaciones extrañas que suceden cuando uno se encuentra cerca de Enrique Vila-Matas. Poco después deja de atosigarnos y, aunque permanece tras la barra sin quitarnos ojo, comenzamos a charlar susurrando y mirando hacia los lados, como si fuésemos un par de espías intercambiando secretos.

Hace tiempo que me llama la atención que nunca te pregunten por las muchas referencias a pintores en tu obra, pintores como Francis Picabia, Georgia O´Keefe, Paul Klee, Edward Hopper, Giorgio Morandi o, más recientemente, Vilhelm Hammershøi en tu novela Dublinesca. Me pregunto de dónde viene ese interés tuyo por la pintura. ¿Tiene algo que ver que tu hermana Tere se haya dedicado a ello, concretamente a la pintura oriental según cuentas en Dietario voluble?

            Mi hermana Tere, gran pintora, lleva más de cuarenta años sumergida en las técnicas y filosofías de la pintura tradicional de China, y lleva ahí sumida en ese extraño y atractivo mundo –en este país pocos habrán que dominen la técnica de la pintura oriental como ella- sin haber hecho ruido, con una pulsión poética infinita, de obra admirable, secreta para tanta gente, aunque no para mí y para algunos, que hemos ido siguiendo su evolución estética a través de los años… Y sí, es curioso. He hecho casi doscientas entrevistas acerca de Dublinesca (en Francia, en Venezuela, Colombia, Perú, Argentina, México, España…) y nadie me ha preguntado por Hammershøi, por ejemplo, cuando trabajé como un loco toda la novela teniendo a la vista su cuadro sobre el British Museum. Lo veía tanto cada día y a todas horas mientras escribía mi novela que cuando fui a Londres y por casualidad llegué a Montague Street supe desde el primer momento que, aunque cambiada, aquella era la calle del cuadro de Hammershøi, que estaba dentro del cuadro y de mi propia novela. De no haber estado dentro del cuadro, es decir, de no haber pisado Montague Street, no habría podido detectar esa presencia de fantasmas en toda la calle. Y sí, es raro que nadie –de entre tantas entrevistas- me haya preguntado nunca por Hammershøi cuando uno de sus cuadros juega un papel determinante en mi libro. Para mí es la prueba de que me entrevistan sin haber leído bien la novela. Eso trae luego como consecuencia  que la gente clasifique o juzgue mis libros sin haberlos leído.

Pintura de Tere Vila Matas

Da la casualidad que los pintores mencionados en tus últimos libros son más bien realistas, como Hopper, Morandi o Hammershøi, pero al mismo tiempo transmiten cierta sensación de irrealidad, cierta atmósfera metafísica e inquietante. Podría decirse incluso que, con ciertas diferencias, sonpintores de lo que pasa cuando parece que no pasa nada. No sé si sientes el mundo de esos pintores cercano al de tus libros. Quizá te hayan influido de alguna manera.

Son pintores –Hopper y Hammershøi sobre todo- obviamente literarios. De Hopper recomiendo encarecidamente el libro que sobre él escribió el poeta Mark Strand (en castellano se encuentra en Lumen). Con Hammershøi di vueltas durante una temporada con Dominique González Foerster alrededor de su lienzo Las cuatro habitaciones. Pensamos en una instalación de Dominique que tuviera esa estructura de espacios caseros vacíos. De hecho, Dublinesca, si lo pensamos bien, tiene tres habitaciones, tres únicos capítulos (mayo, junio, julio), quedando la cuarta habitación abierta al misterio.
Siempre he pensado que Dublinesca dispondría de un mecanismo infalible de relojería si no fuera porque el autor parece haber dejado sueltos algunos cabos, y no precisamente los menos inquietantes. Hay quien cree que Riba en las últimas páginas está muerto. Si es así, podemos perdonarle.

Las cuatro habitaciones, pintura de Vilhelm Hammershoi

Son además pintores obsesionados con un tema. Hopper se dedicó a retratar la soledad de la vida norteamericana, Hammershøi pintó una y otra vez esas habitaciones a menudo vacías que mencionas ¿Te identificas con esa obstinación a la hora de escribir?

Ricardo Piglia salió al paso de algunos imbéciles que me veían obsesivo en mis libros y creo que me veían también metaliterario. Y siempre dale con lo de obsesivo y con lo de metaliterario. Pero, ¿han visto alguna vez algo diferente al Beato Martín Garzo o al Susocabosargento de Toro? Habla Piglia: “La cuestión, a mi modo de ver, no es si Vila-Matas es metaliterario o no lo es, la cuestión está en si hay o no pasión. Y la hay en las novelas de Vila Matas. No importa si el personaje se dedica a pegar estampillas o está dedicado a hacer un gran complot. Lo que importa es su obsesión y allí están los personajes de Vila Matas, dando vueltas alrededor de una obsesión. Creo, por otro lado, que las narraciones de Vila Matas están en el punto más avanzado en el que se encuentra la novela. Sebald, Magris, John Berger o Borges forman parte de esa serie de escritores que narraron el hecho de narrar e incorporaron el ensayo, la autobiografía y elementos de aventura en el interior de un proceso narrativo mucho más moderno que el de la novela clásica”

Pintura de Edward Hopper

De vez en cuando también aparece algún museo en tus libros; pienso ahora en un cuento deSuicidios ejemplares que me gusta mucho, Rosa Schwarzer vuelve a la vida, en el que la acción comienza en un museo de Düsseldorf ¿Acostumbras a perder museos? ¿Hay alguno que recomiendes o hayas frecuentado más que otros?

En la placita de Furstenberg de París está el que fue el último estudio de Delacroix, hoy convertido en un pequeño museo que lleva el nombre del pintor. La plaza era, según los surrealistas, uno de los siete lugares mágicos de la ciudad. Allí rodó un film surrealista mi amigo Udolfo Arrieta (no le gusta llamarse Adolfo por lo de Hitler). Hay acerca de la plaza litografías de Dalí (espantosas), de Hockney… Antes había unos bancos, debajo de las farolas del círculo central de la placita. Los quitaron (muchos clochards inteligentes dormían allí) y es una pena porque eran geniales esos bancos; uno, al sentarse, notaba que había en ellos una cierta electricidad que parecía conectarte con otros mundos. El museo Delacroix me hace feliz visitarlo cuando voy a París porque tiene un jardincito tranquilísimo, en el interior del inmueble, y allí yo fumaba marihuana en las mañanas parisinas de entonces. Era una combinación perfecta: la paz mental, mezclada con la impresión de estar en el jardín en el que tantas horas pensó sus cuadros Delacroix. La placita, por superstición, me traía (me trae todavía) suerte, aunque la exterminación de los bancos ha estropeado la potencia de la corriente surrealista. El museo, en todo caso, me comunica con el arte. Con el arte de la memoria, diría. Voy allí a recodar viejas alegrías en el jardín. También me fascina el Museo Moreau de París. De entre los nuevos, el Tate Modern.

Museo Delacroix, París


En alguno de tus artículos hablas sobre pintores contemporáneos, como por ejemplo Miquel Barceló ¿Qué te atrae de la manera en que trabaja un pintor de nuestro tiempo?

De Barceló me gustan muchos de sus grandes cuadros, pero sobre todo que sea como Picasso, que ande siempre manchado de pintura. Antes hablábamos de obsesiones. Me gusta Barceló porque es obsesivo, todo el día, todo el rato, es siempre, siempre, un pintor. Me gusta la gente que le gusta lo que hace, que es exagerada con lo que le gusta. Durante demasiado tiempo, los literatos catetos españoles me recriminaban que fuera demasiado escritor. Habrá que montarles un asilo ahora a todos, en Tremencrapiello del Asnodemora, donde no hay plazas Furstenbergs.  

Pintura de Miquel Barceló


Hablando de pintores obsesivos, hay uno al que siempre he admirado muchísimo y que mencionas en varios de tus libros, se trata de Paul Klee, tan presente en aquel museo de Düsseldorf ¿Recuerdas cómo llegaste a él?

Por ese impagable libro de Gershom Sholem Benjamin y su ángel. Como sabes, toda la obra de Walter Benjamin estuvo bajo la protección del ala de una imagen: la que aparece en el cuadro de Klee que conocemos como Ángelus Novus. Sholem relaciona ese cuadro con el texto de Benjamin en el que éste reveló su nombre secreto, Agesilaus Santander. La riqueza de pensamiento de Sholem en ese libro es impresionante… En cuanto al museo de Dusseldorf, tendré que volver algún día. La vigilante de las últimas salas de Klee –hablo de la vigilante en la vida real, la que inspiró mi relato, hablo del otoño de 1989- se me acercó para decirme en alemán que sonaría una alarma si me arrimaba tanto al lienzo. Orlando Grossegesse, amigo y traductor al alemán de Una casa para siempre, me tradujo precipitadamente lo que había dicho la vigilante, o quizás yo entendí mal, el hecho es que entendí que Orlando me decía que la señora vigilante vivía alarmada, que nos había dicho eso: que vivía alarmada. “¿Por Klee?”, le pregunté a Orlando. Silencio. Nacía un cuento.

Ángelus novus, pintura de Paul Klee


Es curioso, ha habido siempre escritores a los que les da por pintar (Goethe, Max Aub, John Berger…) y pintores a los que les da por escribir (Paul Gauguin, Salvador Dalí, Eduardo Arroyo…). Ha habido también grandes colaboraciones entre escritores y pintores, no hay más que recordar las ediciones de Ambroise Vollard. Hay quienes ven en la pintura abstracta la gran pintura y reniegan de cualquier tipo de retórica o connotación literaria ¿Cómo ves las relaciones entre literatura y artes plásticas?

            No sé qué decirte, no pienso mucho en eso. He entrado en una dinámica de colaboraciones, primero con Sophie Calle, y ahora con Dominique González Foerster, pero mis relaciones han atañido sólo a la escritura y la vida (en el caso de Sophie Calle) y a la escritura y las “instalaciones” duchampianas (en el caso de DGF), donde hay un campo virgen genial para recorrer. No sé pintar y no lo intentaré nunca. Sólo me interesan los pintores que son poetas, y no hay muchos, la verdad. El único pintor que ha escrito mejor que pintaba es Dalí, pero Dalí nunca dejó de ser un pintor (lo cual es un misterio para mí, pues hasta yo le veo como un pintor aún sabiendo que era un gran escritor; quizás le quiero castigar por no haber sido un escritor desde el primer momento; claro que le habría costado mucho dinero dedicarse sólo al encierro de la escritura… Últimamente fotografío los cuadros que el azar dispone en las habitaciones de hotel en las que duermo. Esos lienzos casuales van componiendo por sí solos una trama, se organizan misteriosamente como argumento. Dejaré de hacer esas fotografías el día en que entre en una habitación de hotel en la que, viendo el cuadro, descubra que ya estuve anteriormente en ella… Lo que está claro –mejor dicho, lo que descubro gracias a estar hablando ahora contigo- es que el mundo del arte no ligado de forma muy concreta a la literatura no para de generarme ideas, tal vez porque hablar de lo pictórico es para mí como salir afuera de la mansión literaria a fumar un cigarrillo. El aire es ahí más fresco. Son unas afueras que he frecuentado poco.

Instalación de Dominique González Foerster, perteneciente a la serie Six rooms for Enrique Vila-Matas

Aunque las hayas frecuentado poco y digas que nunca vas a intentar pintar, realizas siempre, en tus dedicatorias, un mismo y misterioso dibujo de un hombre con abrigo y sombrero. Quizá un autorretrato, aunque no parece que utilices sombrero. Lo cierto es que ese dibujo representa bastante bien a los protagonistas de tus novelas. Tengo curiosidad por saber cuándo empezaste a hacerlo y cuál es la razón que te ha llevado a repetirlo una y otra vez (me atrevería a decir que de manera obsesiva) a lo largo de los años.

             Precisamente empecé a hacerlo en otoño del 89 en mi viaje por Alemania. No sé por qué esbocé un sombrero a lo Pessoa en una dedicatoria y repetí el dibujo a tres o cuatro lectores más y me pareció que éstos se iban encantados, como si mi sombrero le diera más valor, en todos los sentidos, al libro. Estábamos en Stuttgart y el dueño de la librería en la que firmaba me caía antipático, porque me había parecido que se comportaba de forma muy tacaña conmigo (fue el único en toda la gira alemana que no me buscó hotel y me hizo dormir en su casa, rodeado de dibujos de amigos poetas que le habían felicitado en su sesenta aniversario; es más, la habitación en la que me había hecho dormir, tenía una placa en la entrada en la que se leía: “Habitación de los poetas”; bueno, no  pude dormir en toda la noche, no sabes lo juerguistas que son los poetas cuando ejercen de fantasmas). El hecho es que el último libro que firmé aquel día se lo firmé al librero de Stuttgart y no le puse el dibujo. Al poco rato, vino enojadísimo (como si le hubiera costado dinero que no le hubiera colocado allí el dibujo del sombrero), exigiendo que completara mi dedicatoria. “¡Quiero el dibujo!”, gritaba. Me montó un número tan grande que desde entonces no me atrevo a no hacer el dibujo por miedo a que vuelva a repetirse aquel escándalo.


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